martes, 20 de julio de 2010

Histori de un estilógrafo

Entre los regalos de mi papá, hubo uno que marcó el inicio de la parte más oscura de mi vida. Un día, antes de mi grado de bachiller, con mucho orgullo, sacó del bolsillo un estuchito y en él había un hermoso estilógrafo parker de oro que me entregó y me sentí tan orgulloso de recibirlo como el de regalármelo.

Quince días después se murió mi papá y durante un año mi casa se convirtió en un cementerio. En ese año estudié y lo hice como el mejor. Hubo dos cosas que me hicieron sentir como los dioses en ese mi primer año en la facultad: mostrar disimuladamente mis libros en inglés y sacar mi estilógrafo en todas las oportunidades que se me presentaban. El mismo día en que terminé mi primer año de carrera, comencé a trabajar, por horas, en una empresa de comunicaciones propiedad de un profesor de la facultad. ! Ahí fue Troya!

Comencé a beber prácticamente desde mi primer pago, mi mamá para mi eterna desgracia, nunca me obligó a asumir ninguna responsabilidad y aprendí a ser un irresponsable. Todo mi dinero lo derrochaba en trago y putas. La relación con mi mamá se convirtió en un odio para con ella que se manifestaba sin que tuviera ninguna conciencia de lo que me pasaba. Ella, débil como ninguna, se convirtió en dócil marioneta en mis manos. No le pedía nada, todo se lo exigía, seguí creciendo, a pesar de estar ya crecido, convencido de que todo me lo merecía. Cuando se me acababa la plata en medio de una farra, ahí estaba el estilógrafo, que me sacaba de penurias. Lo empeñaba y mi mamá, maliciosa como siempre fue me preguntaba:
- Juan, ¿Dónde está el estilógrafo?
- Por ahí- era siempre mi respuesta
Doña Ana no comió cuento, siempre fue muy jodida y una vez, nunca lo olvidaré, después de un empeño, se me aparece con el estilógrafo y me lo entrega con estas proféticas palabras:
- Juan, no empeñes, se te convierte en un vicio
- La rabia que me dio cuando me lo entregó fue de padre y señor mió.
No le quedaron ganas de intervenir nuevamente en este aspecto de mi vida. En represalia, regalé el estilógrafo ¡para que aprendiera! ¡Que idiotas eran mi soberbia y mi petulancia!

La verdad es que ella no aprendió y yo muchísimo menos. Desde esa época, hasta unos años antes de su muerte, ocurrida 40 años después, conservé el mismo tipo de relación con ella.

Antes de la muerte de mi padre era un ahorrador de raca-mandraca y así logré, moneda a moneda, comprar semejante escritorio de gerente, ya se lo quisiera Nicanor, recuerdo que lo compré en Sears Roebuck, allá donde queda actualmente el Éxito de Colombia, pues bien, este fue otro de los bienes que empeñaba cuando se me acababa el dinero para beber y mi vieja, pobre vieja siempre resultaba pagando el pato. Acudía a ella cuando se me iba a quedar y me mandaba para donde su viejo amigo el padre Ángel quien siempre me daba el dinero para sacar nuevamente el escritorio.
Después, durante años ella se dedicó a viajar y prácticamente despareció de mi vida Venía y la veía ocasionalmente y en las veces que le quise sacar plata no lo logré porque mi hermana era su administradora y me imposibilitaba el acceso a sus billetes. Sin embargo siempre la torturé tratando de manipularla para que me diera plata, sin necesitarla realmente, y no pude.

Tuve durante algunos años ingresos suficientes para vivir en medio de una rasca permanente y en el entretanto sus bienes desaparecieron de manera que no viene al caso analizarla.

Cuando pasó el tiempo y yo también perdí mis ingresos me dedique a consumir de cuenta de los demás, y fue ella la única persona a la cual le quitaba, íntegros los pocos pesos que lograba conseguir y que se escapaban de la agalla de mi competencia, otro hermano incluso más vividor que yo.

Todo pesito que le llegaba terminaba en mis manos. Cuando digo pesito, no es una figura literaria, nadie le daba nada que valiera la pena por temor a que terminara en mis manos y la verdad es que en ellas terminaba.

A veces, cuando salía de su casa con los pocos pesos que le había quitado, trataba de llegar algún remordimiento pero nunca fue lo suficientemente intenso ni para molestarme realmente ni para llevarme a cambiar en mi actitud para con ella. ¡Cuánto dolores le cause! Pobre vieja, como hubiera sido de diferente su vida si no hubiera sido tan débil para ceder siempre a mis demandas. ¿Cuándo imaginé en mis gloriosos la manera en que me iba a comportar con ella con el paso del tiempo? Jamás. Aprendí, pero a veces me pregunto: ¿Pude aprender más fácil? Por supuesto que no hay respuesta, la verdad es que la vida es como es y ella es la maestra que nos enseña, querámoslo o no a los que tenemos la suerte de sobrevivir a sus lecciones y me siento muy agradecido por eso.

lunes, 10 de mayo de 2010

Mis flechas

Te los voy a dar, pero no me vas a coger de flecha. Dicho y hecho, se metió la mano al dril, saco un billete de mil y me lo entregó con evidente desgano. Me dio mucha dificultad cumplirle y sólo le pedí una vez más en unos diez años y por supuesto me negó la solicitud. Era un buen ajedrecista, Toño A, maestro internacional por más señas.

Estoy haciendo en este momento un inventario de las flechas que tuve:

• Alvaro V. mi hijo decía, Alvaro te ve y saca la billetera. Tenía razón, por supuesto. Lo molesté entre diez y quince años, la frecuencia variaba por tiempos. Llegué a molestarlo diariamente y nunca me negó lo que le pedía. La cuota normal eran cinco mil pesos.
• Arturo C. Primo mio, lo molestaba una vez a la semana. Mil pesitos era su cuota.
• Juan D. Hijo mío, lo molestaba una vez a la semana aunque la verdad poco de gaminería, casi nunca cayó en mis redes.
• Toño, me querido Toño, lo molestaba una o dos veces al mes, se moría de la rabia pero casi nunca era capaz de decirme que no.
• Abel, Abel, dizque el buen hijo, lo molestaba una vez en el trimestre y me tocaba aguantarme su furia por mil benditos pesos
• Luis Fernando: un médico amigo de infancia. Por lo menos una vez a la semana, le daba tristeza verme, con contadas excepciones me regalaba dos mil pesos.
• Antonio V. un buen amigo matemático. Lo visitaba esporádicamente, no bajaba de veinte, me contestaba la viva voz de la desesperanza, me creía irredimible y sin embargo no me fallaba.
• Javier V: curita que se arrepintió toda la vida de haberme contratado para “economizar en un sistema parroquial”. Nunca pudo contratar un sistema más costoso. Buena gente como poquitos, no bajó de veinticinco mientras duró y duro y duró y duró.
• Jorge M. un ajedrecista de mis épocas universitarias. Lo visitaba semanalmente en el Maracaibo y nunca me falló con dos mil pesitos. Dios lo tenga en su gloria.
• Jaime Z. Otro ajedrecista del Maracaibo, pinponero rebuscador. Con muchas dificultades le sacaba entre quinientos y mil.
• Gustavo E. Ajedrecista a quien le dolía en el alma regalarme quinientos pesos, a veces lo lograba, pero que batalla.
• Oscar R. Escultor retirado del alcohol. Solía encontrármelo los domingos y la mayoría de las veces me soltaba un billete de dos. También perdió las esperanzas en mi y por eso al final me los daba sin remordimientos.
• Javier N. Ex compañero de trabajo, acostumbraba caerle a las cuatro o cinco de la mañana en EE.PP al salir del trabajo. No me fallaba con mil. Algunas veces cayó en cantidades significativas y siempre se arrepintió.
• Alvaro M. Compañero de infancia. Lo molestaba una o dos veces por semana por épocas. Era de los pocos con quienes me avergonzaba, nunca se arrepintió lo bastante de haberme dicho que trabajaba en una oficina de bolsa en la Oriental. Allí le esperaba la llegada y lo vacunaba.
• Jaime O. Me decía socio, semanalmente me regalaba dos mil pesos. Compañero de barra en mi juventud. Tenía la ventaja de que en algunas ocasiones encontraba con él a otros amigos de infancia que me daban algunos billetes. Entre cinco y diez mil pesos.
• Ivan R. Otro amigo de infancia, fue muy generosos conmigo antes de que se cansara, no bajaba de veinte.
• Rogelio R. Tres mil pesitos era su cuota, lo buscaba únicamente cuando jugaba torneos de ajedrez pues tenía su oficina en el estadio, muy cerca de la torre del ajedrez. Lo deprimía regalármelos pero me los daba.
• Javier S. Tenía depósitos de madera en guayaquil, otro compañero de infancia, con muchas dificultades algunas veces me regalaba mil pesos. Murió de cáncer hace unos cuatro años. Era visita semanal.
• Joaquín. Viejo compañero de estudios y de ajedrez. Era víctima en los torneos de la liga. Complicadito quitarle mil pesos pero muchas veces lo logré. Ha buena gente el viejo Juáco.
• Eduardo G. Ajedrecista, mientras manejó una papelería de su familia lo visité semanalmente junto a la Veracruz y nunca me falló con dos mil pesos, algunas veces cinco. Después fue muy complicado encontrarlo aunque una que otra vez vez lo logré.
• Hubo muchos a quienes también les quitaba mil pesos en los torneos de ajedrez, especialmente en el señior máster: Ramiro, Emilio C, Gonzalo G
• Jaime V. Casado con una sicóloga, ingeniero de sistemas por más señas, trabajo conmigo en un proyecto de Eafit. Un hombre integro y generoso. Lo visitaba esporádicamente con excelentes resultados. Sus sentimientos variaban de la rabia a la tristeza, mi descaro llego al punto de pedirle aguinaldo empresial… y me lo dio. Saludes a un excelente amigo.
• Oli, el viejo Oli, tuvo un corto periodo de dureza conmigo pero su buenagentura no se lo permitía y volvimos a las andadas. Me regaló uno de los cuatro pasajes que me conseguí telefónicamente para venirme de Bogotá. Su cuota normal era de cinco.
• Alberto V. El pobre Alberto me colaboró por las buenas y por las malas. Sus colaboraciones fueron mucho más que vacunas, no tendría con que pagarle si se le ocurriera cobrarme
• Socorro V. La pobre Soco me colaboró por las buenas y por las malas. Sus colaboraciones fueron mucho más que vacunas, tampoco tendría con que pagarle si se le ocurriera cobrarme. Los engaños a los que acudí con esta última pareja fueron incontables. Sus comportamientos no tienen explicación alguna. ¡Pura bacanería!
• Ana Gil. Mi pobre viejecita, no digo nada por respeto a quien siempre irrespeté.

• Jaime O. Ajedrecista de Envigado, ha duro que es don Jaime, pero buena gente como el sólo. Gracias don Jaime.

Esta entrada merece una ampliación y a fe que la haré. Se lo merecen mis amigos y favorecedores.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Una neumonía didáctica

La gente no me cree que en ocasiones me pasaba, como Jesús, hasta cuarenta días sin una comida seria. Me alimentaba, creo yo, de mi propio cuerpo, mi peso normal es de 70 kilos y me mantenía entre 45 y cincuenta. En esas épocas, a veces, compraba un boli de cincuenta y dos galleticas de 100 para desayunar, almorzar y comer. Me sostenía con basuca. No era capaz de comprar un boli de cien porque se me dañaba el pielroja. Es apenas lógico que mi sistema inmunológico se deteriorara hasta el extremo y no me explico como no morí en el ensayo.

Hacía días venía sufriendo de una tos persistente y demasiado molesta, me agotaba con facilidad y a veces me cogía una fiebre muy alta. Era tanta la debilidad que tuve que acudir donde una hermana que me llevó al médico. No es que no fuera capaz de ir solo sino que ir con ella me reportaba ventajas adicionales, pensaba que después de ir donde el médico ella me regalaría algún peso para seguir fumando. Llegamos al sitio de Susalud en el que yo consultaba y me atendió una doctora muy amiga de mi hermana. Ella apenas me vio le dijo:
- Soco, te está manipulando, no tiene nada. Se le nota la ansiedad por encimita. Sin embargo le voy a mandar un examen para que estés tranquila.
- Gracias, hacelo por mí.
Me mandaron el examen, eran unos rayos X del sistema respiratorio. Al ver la radiografía, la doctora se puso pálida y le dijo a mi hermana que me llevara inmediatamente a una clínica, en la radiografía no se veían los pulmones, sólo una masa blanca en su lugar. La doctora le dijo que ella jamás había visto una cosa como esa.

Después de algunas consultas decidimos ir a la Clínica de las Américas y allí me hospitalizaron inmediatamente. Me llevaron a una pieza, me pusieron tapabocas y colocaron un aviso para limitar la entrada a mi habitación al personal médico. Toda persona que entraba lo hacía con tapabocas. Me mandaron una serie de exámenes. Sospechaban de tuberculosis, sida y neumonía. A los dos o tres días me diagnosticaron una variante de neumonía aguda, me permitieron las visitas y me quitaron el tapabocas.

Es extraño que tenía que estar hospitalizado para recuperar momentáneamente mi vida social. Me visitaron algunas de las personas a las que presuntamente les importaba y a las que normalmente no veía. Es muy grato recobrar el sentido de pertenencia a la raza humana, no importa que sea por circunstancias de alguna manera negativas.

El tratamiento fue largo y el médico, un experto neumonólogo de Medellín se dedico con alma vida y sombrero a sacarme adelante.

De esta historia quiero recordar dos o tres cosas:

Cuando ya estaba prácticamente curado, le pedí al médico permiso para salir de la Clínica, me lo dio y me fui, prácticamente sin plata, a fumar basuca en el otro extremo de Medellín. Regrese varias horas después y cuando me vieron regresar me dijeron
- ¿Dónde estaba? El médico lo está buscando hace rato, vaya dónde él. Lo busqué y al verme me dijo:
- Juan Bautista ¿Dónde estaba?
- Doctor, dando una vuelta.
- ¿Por dónde?
- En el centro
- Juan Bautista, le di permiso para salir, pero dentro de la clínica.
- Excúseme doctor, no le entendí, la vuelta que le dije era por el centro. Tuvimos un malentendido.
- Está bien. No vuelva a salir mientras no le de de alta.
El médico nunca se imagine la razón de mi salida y yo realmente me preocupé mucho por lo que el pensara de mi. Su dedicación había sido ejemplar.

El otro aspecto que quiero resaltar es lo que paso en mis visitas post-tratamiento.
Después de que se me dio de alta regresaba mensualmente a control, en la tercera cita me pidió las radiografías que yo conservaba, me dijo que me las devolvería en la semana siguiente. Así pasó y repitió su solicitud en los dos meses que siguieron. Cuando me solicito las radiografías por tercera vez, no me aguanté y le pregunte
– Doctor, ¿y usted para que necesita mis radiografías?
–Juan Bautista, soy docente, y su caso esta tratado profundamente en los textos: existen dos teorías que uno tiene pocas ocasiones de corroborar con la experiencia y la suya es un ejemplo de que la teoría menos traumatizante y costosa puede funcionar en la realidad. Unos dicen que es necesario operar y otros, la minoría, que es posible un tratamiento como el que yo le aplique a usted. Con sus radiografías les muestro a mis alumnos que esta segunda teoría si funciona. Su evolución fue perfecta. Me siento muy agradecido por haber tenido la oportunidad de atenderlo.
- Doctor, porque no se queda entonces con las radiografías.
- No Juan Bautista, no es necesario, así está bien. Me devolvió las radiografías, no me dio más citas de control y jamás lo volví a ver.

sábado, 31 de octubre de 2009

Seis basucos para una convalecencia.

Nada más aterrador que quedarse sin un basuco y tener una posibilidad de conseguirlo igual a cero. Ese día, tenía en mi correa, sitio donde los guardaba celosamente, seis basucos. Muy preocupado porque se me agotaba el tiempo para conseguirme un peso para comprar más, miraba y miraba, volteaba y volteaba tratando de encontrar a alguien que me ajustara con que comprar por le menos tres más. Mi mayor esperanza era Nanico, un antiguo amigo de infancia, cada que me lo encontraba me daba de dos a cinco mil pesos y frecuentaba la zona de Maracaibo con Palacé en donde yo me encontraba, mi otra esperanza, muy remota por cierto era un hijo con quien me había quedado de encontrar allí cerca, en el salón de ajedrez Philidor. Mi hijo era duro como el acero. Con muchas dificultades me soltaba, muy ocasionalmente, mil pesos. Por esa razón estaba concentrado en Nanico, recorrí por lo menos quince veces las dos medias cuadras en donde me lo podía encontrar y nada de nada, en el último recorrido de ese atardecer, estaba pensando en como fumarme uno de los seis que tenía, minimizando la posibilidad de que Nanico me pillará o que todavía peor se me fuera a ir sin verlo si es que estaba en esa zona.

Con la duda atravesándome, recuerdo que iba a cruzar de la salida del Pasaje Junín Maracaibo hacia el Hotel Nutibara cuando me vi volando. No sentí absolutamente nada, un señor se bajó de un taxi muy preocupado, me recogió del suelo a donde había ido a caer, en ese momento me di cuenta que me habían atropellado. Si sentir nada, me toqué por todas partes y le dije al señor que se fuera que no tenía nada.

El señor, sin hacerme caso, me dijo:

- Vamos, venga lo llevo a una clínica a que lo revisen.
- No señor, no es necesario, no me pasó nada. En esas se me acercó otro señor y me dijo:
- Amigo, hágale caso es mejor que lo revise un médico, ese carro siempre lo levantó muy duro.
- Le hice caso y me dirigí al carro, momento que aprovechó el señor para decirme en voz muy baja:
- Hermano, déme esos cosos, que de pronto se los pillan en la clínica.

No me explico como se dio cuenta de mi tesoro, pero eso si es mucho optimismo.

- Primero muerto, ¿está loco o qué?- le contesté. Oigan a este, no se preocupe por mí.
- Venga pues lo acompaño.
- No hermano, me voy sólo y apresuradamente me monté al carro y el chofer afortunadamente arrancó sin esperar más.

Me dijo el chofer que fuéramos al CES que era una clínica buena y cercana, allá nos dirigimos y a mi lo único que me preocupaba eran mis basucos, los escondí apresuradamente en donde no tuviera riesgo de que me los encontraran en la clínica si acaso me tenía que quitar la ropa.

Llegamos al CES y fui beneficiario, sin saber que era eso, del SOAP, el chofer hizo los trámites del caso y no hubo ninguna dificultad para que me dejaran en la clínica para los exámenes de rigor. Hice llamar a mi hijo al sitio de encuentro para que le contaran de mi accidente y afortunadamente lo encontraron. En este momento no estoy seguro pero creo que hasta la mamá de mis hijos, de quien me encontraba separado hacía muchos años, se apareció por allí.

Es increíble, pero tenía la clavícula quebrada y no había sentido dolor alguno, no recuerdo si sentí algo después de que llegué a la clínica, lo que si recuerdo era la ansiedad que me acogotaba sabiendo lo que tenía escondido.

Mi hijo llegó al rato y fue para mi gratísima compañía. No recuerdo nada sobre mi curación. Creo que al final me pusieron una tira para cargar mi brazo, sin enyesarme ni nada parecido a lo que acostumbré a usar en mis anteriores quebradas. También creo que salí con mi hijo caminando por las calles de Prado hacía mi residencia, si es que acaso la tenía en esa época.

La verdad no se de que manera terminé fumándome mis seis basucos, estoy seguro de que me los fumé, no se si después de que me alejara de mi hijo con cualquier pretexto para poder fumármelos o si fue que después de que él me llevara a mi hipotética casa, salí raudo a fumarme lo que tenía. ¿Imagina alguien las dificultades para armar un basuco con una sola mano? Es mejor no imaginárselas, los recursos del ser humano son infinitos y estoy seguro del alarde de paciencia que tuve que tener para armarlos y fumármelos uno detrás del otro.

Un abrazo a quien siempre estuvo conmigo en esas dolorosas épocas, no importan las razones por las que lo hiciera. Lo cierto es que su compañía fue un bálsamo en tantas horas de miseria y de dolor no sentido.

Me imagino su inconformidad por este mi insustancial agradecimiento, La realidad es que esa palabra define muy bien lo que yo era: un ser insustancial en su forma pero mera sustancia en su esencia. Juan David tiene que excusarme por este párrafo, evidentemente me inspiré en Carolina Sanín y eso es porque también quiero estar por lo menos en la antología que él publicará algún día.

Amen, amen y amen

Algunos de los muertos que me rozaron

El primero fue Hernancito, tomaba pastillas de seconal y apacil por allá en los años sesenta y murió a sus 20 años por una sobredosis. Era mi amigo y se degeneró consumiendo trago pastillas y marihuana.

El bizco Ochoa, lo mataron a sus veintidós años, era compañero de farra de Hernancito y lo mataron después de un atraco.

La gorda Mora, consumidora de basuca con monedas conseguidas en sus recorridos nocturnos, pedía plata al que se le atravesara para consumir con su mejor amiga. Ésta la hizo matar porque la mantenía cansada.

El negro Juan, lo mataron porque se equivocó al atracar a un tipo demasiado bravo. También consumía basuca junto a la facultad de medicina de la UDA.

Banano, jíbaro de la esquina donde consumía el negro Juan, lo mataron por la misma razón del negro.

Quique, rebuscador de la esquina donde consumía el negro Juan, lo mataron por la misma razón del negro. El atraco lo hicieron entre los tres y a los tres se los cobraron.

Miguel, un pastillero que se mantenía donde doña Libia, en el palo con la 42, lo contrataron para matarme, estaba conmigo y se tomó unas patillas para darse valor, logré volármele y regresé a la tres horas y me recibieron con la noticia de que se había matado tirándose en un charco y estaba tan trabado que cayó afuera. No sobra advertir que me volé a las dos de la mañana y el se tiró al charco a la cinco AM. ¡Cómo sería la traba!

Lucía, una jíbara que se encargaba de la droga en una casa en buenos aires, se dedicó a robarles a los clientes tirándoles chuzo, cuando menos lo pensó, llegaron tres tipos a la tres de la mañana y le pegaron dos balazos después de tumbar la puerta. No tuvo tiempo de montar en su caballo.

Cinco vecinos de doña Libia, una noche, precisamente la misma en que atracaron a Marión y la dejaron en pelota, cinco fueron los vecinos que mataron en una masacre que no vi pero no olvido. A la que si vi fue a Marion llegar muerta de la rabia el día de su atraco, en pura almendra a la casa de doña Livia.

Siete fueron los muertos en la Guayana, los mataron para desacreditar el sitio porque no habían pagado la vacuna que semanalmente le daban a la policía. Era un sitio tan deprimente, que a mi, que todo lo había visto, me daba miedo ir. Los muertos eran siete miserables adictos a los que no les importó morir con tal de hacer lo único que sabían: consumir basuca.


El mono, era una persona de aspecto relativamente distinguido, lo mataron de siete balazos, una madrugada en que salió a comprar diez basucos para que le regalaran uno y le pagaron con plomo. Esa noche, en pleno apagón de Gaviria fui yo la persona encargada inicialmente do comprar los basucos de la muerte.

Juanita, trabajaba como campanero donde Javier, era un marica muy apreciado en el negocio de basuca de Javier, una noche me dijeron que lo habían matado y juro que lo vi a la semana siguiente. Después nunca lo volví a ver y me confirmaron que realmente lo habían matado. Nunca supe que pasó: ¿lo ví, lo imagine, me anticipe a su muerte?

Juancito, un pelado que se mantenía escuchando un disco llamado Juanito Alimaña:

"La calle es una selva de cemento
y de fieras salvajes, cómo no
ya no hay quien salga loco de contento
donde quiera te espera lo peor
donde quiera te espera lo peor

Juanito Alimaña con mucha maña llega al mostrador
saca su cuchillo sin preocupación
dice que le entreguen la registradora
saca los billetes, saca un pistolón. ¡Pum! "

y muerto de ganas de hacer una vuelta para salir de pobre. Al final pudo hacer la vuelta, recuerdo la cadena de oro tan estrambótica con la que se la pagaron y recuerdo mejor que tres días después desapareció para siempre porque es muy común que una vuelta la paguen con otra destinada al que hizo la primera.

lunes, 5 de octubre de 2009

Un día en la vida de un adicto.

Mí día realmente comenzaba la víspera y era, siempre, la misma rutina. Antes de acostarme, me pasaba unos minutos decidiendo si me fumaba los dos cosos que tenía o si los guardaba para hacerlo al levantarme. Me despertaba a las 6 de la mañana, lo primero que hacía era un recorderis sobre la decisión tomada, si de pronto me había quedado un basuco de la noche anterior, si lo tenía, eso me elevaba el espíritu, a continuación recordaba cuanto dinero tenía en el bolsillo, por supuesto que era rara la vez en que tenía un peso y nunca tenía más de novecientos. Si tenía algo, me bañaba y pedía desesperadamente el desayuno para irme a fumar el primero, si tenía dos me iba sin desayunar y si no me alcanzaba para un basuco inmediatamente maquinaba la forma en que iba a completar los mil cincuenta pesos que necesitaba para el primero.

Desayunaba y salía, siempre a pie, para irme a esperar a la secretaria de la oficina en la cual “trabajaba”. En el camino, me fumaba siempre uno, dos o hasta tres basucos. Llegaba al parque de Berrio y me paraba a esperar a la secretaria, no sé cuantos giros daba para no perderme su llegada. Normalmente llegaba a las 7:30 de la mañana y la acompañaba en el ascensor para que no se me fuera a escapar. Ella sabía que venía por la plata para desayunar: tres mil doscientos pesos recibía y bajaba aceleradamente para ir a fumarme tres basucos. Recorría cinco o seis cuadras y me los fumaba. Regresaba a la oficina, normalmente a las 8 pasadas y comenzaba a “trabajar”. A veces algo hacía, pero mi único pensamiento era como me conseguía, antes de la hora de almuerzo, mil cincuenta pesos para fumarme uno. Si los conseguía salía y regresaba en quince o veinte minutos y en esas me la pasaba toda la mañana. Desde las 11: 30 comenzaba a planear el almuerzo y a las doce, antes si mi hermano se había ido, pedía la plata para ir a almorzar. El almuerzo consistía en cinco o seis basucos más que me duraban hasta la 1 de la tarde, a la una regresaba a la oficina para seguir “trabajando” y el trabajo consistía en estar siempre atento a la menor oportunidad de irme a consumir. Los sistemas eran muy variados: niña, le decía a la secretaria, déme tres mil pesos para ir a EE.PP y estoy seguro de que ella sabía para que era, pero si mi hermano lo autorizaba y normalmente yo ya lo había embaucado para que me dejara ir, no tenía más remedio que dármelos. Los clientes que yo visitaba en el mes no tenían contadero pero lo que si se contaba muy fácil eran los resultados de esas pretendidas visitas: nulos. Otro sistema era comprar un libro para capacitarme y ocasionalmente esto me resultaba. Me vendían el libro por tres y yo cobraba diez y con la diferencia iba a fumar basuca. A veces también pedía plata para ir donde un compañero que me iba a enseñar algo sobre mi trabajo. ¡Cuánta credulidad en mi hermano!

Al ir acabando la tarde, me preocupaba más que en el resto del día, ya eran los últimos pesos para la comida y la vivienda y por eso estrujaba mi creatividad tratando de conseguirme algún peso adicional. A las cinco o cinco y media salía disparado a gastarme la plata que me habían dado, ese dinero me duraba aproximadamente hasta las siete o siete y media de la noche, entonces, empiece Cristo a padecer. ¿Cómo conseguirse uno mil pesos a esas horas? Ya sabía con quién podía contar, dependiendo del día, hubo personas que nunca me fallaron y hubo otras que nunca cayeron en mis redes. Hasta tenía un excompañero al cual le caía a las cuatro de la mañana al salir del turno de la noche. No se cansó hasta el final, pero se canso. Mi último recurso era el casero, era este un señor, adicto recuperado y ladrón declarado, me prestaba cinco por cincuenta, cuando lograba cuentearlo, aunque normalmente me estrellaba contra los muros, su señora era inconmovible y lo manejaba con el dedo chiquitico.

Todos mis cigarrillos me los fumaba en la calle, pues ya era incapaz de encerrarme en una olla.

Ocasionalmente resultaban recursos extras y cuando eso pasaba me perdía de la oficina hasta el otro día. Esto que cuento ocurrió en los gloriosos, es decir en épocas en que por lo menos tenía un trabajo y unos ingresos diarios garantizados. Hubo épocas más difíciles pero siempre me resultó con que seguirme destruyendo. Como decía un anciano que recogía dinero en los buses para irse a fumar basuca: primero se acaba el helecho que los marranos y aunque es una frase dolorosa para quien se cree muy uva es cierta.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Una moto para el Jíbaro

Aquella noche, como tantas otras, había llegado muy temprano donde el mueco y ya sólo me quedaban cuatro mil pesos para dos basucos. En esas tocaron la puerta y para mi alegría entró Pedro María, era este un joven de unos treinta años, trabajaba como mensajero en una empresa de la ciudad y venía, como otras veces a pegase una rumba para gastarse su pequeño salario en sentirse rico por una noche. Y lo consiguió, éramos siete personas las que estábamos esperando, antes de su llegada, que se nos apareciera la virgen, y se nos apareció. Los siete estábamos sentados con él. A mi me sacaron del parche por razones incomprensibles para mi. De los siete yo era el que más gastaba en esa casa y sin embargo al mueco le daba como rabia que me invitaran. Me retire sin decoro alguno y ocasionalmente me daba una pasadita por allí para que me invitaran a un pitazo cosa en la que obtenía éxitos ocasionales. Poco duró el sueldo de nuestro amigo el mensajero, en unas tres o cuatro horas se evaporaron en humo los cuatrocientos mil pesos con los que llegó, y realmente no entiendo como le pudieron durar tanto. Pero quien dijo miedo: allá en la puerta estaba su flamante vehiculo, adquirido a crédito con mucho esfuerzo para poder cumplir con uno de los requisitos más importantes de su nuevo cargo: “Se busca mensajero con moto”. Dicho y hecho, con ese respaldo Pedro María aseguraba su reinado por varias horas más y Mi`apá lo respaldó:
- Miguel, ¿me suelta unos cosos en la moto que se me acabó la plata?
- Claro Pedro, entrégueme la llaves y la matricula y pida hasta un melón doscientos
- No, yo que voy a pedir todo eso, es para fumarme unos cosos.
- Hágale, usted verá hasta cuando.

Obvio que Miguel sabía que la moto se iría enterita y desde hace rato él había tomado las medidas para que a Pedro no le faltara nada.

Pedro siguió como nuevo rico hasta bien entrada la mañana del nuevo día, al fin, como siempre pasa, el fiado se acabó y a pesar de su insistencia no pudo conseguir un peso más. En esas circunstancias vino Pedro a caer en cuenta de lo que había hecho. Me parece que lo veo dándose con la cabeza contra los muros repitiéndose insistentemente, ya en la soledad de los sin plata: “Yo si soy mucho hijueputa tan guevón”

Pedro María perdió su trabajo y nunca pudo recuperar su moto, Miguel le tuvo que financiar cincuenta mil pesos en una corta rumba para que le hiciera el traspaso de la moto y me lo volví a encontrar en otra rumba similar cuando logró que le pagaran el primer salario de un nuevo cargo que logró conseguirse. ¡Que desperdicio!