martes, 25 de agosto de 2009
Un trabajo urgente
Fue el 22 cuando salí de la oficina con cincuenta mil pesos que logré sacarle a Álvaro y el dinero como siempre se fue en cuatro o cinco horas, después seguí fumando basuca con los escasos recursos que conseguía con los amigos que todavía se dejaban molestar, eso nada me importaba, estaba muy acostumbrado.
El 26, en las horas de la mañana, caminaba sin esperanzas cerca de la plaza donde acostumbraba mercar, por más que pensaba no lograba encontrar un sitio ni un amigo con quien conseguirme un peso. Nada más lejos de mi mente que el trabajo que tenía suspendido. En esas sentí un pito que tocaba y tocaba insistentemente sin que a mi se me ocurriera mirar. ¿Quién me iba a pitar a mí?
Entonces escuché que alguien me llamaba insistentemente:
- Juan, Juan. Volteé a mirar y, para mi profunda tristeza, al frente se encontraba Álvaro, el amigo que me había encargado la tabulación. Tenía tanta pena que no me atrevía ni a mirarlo.
- Juan, montate por favor. Me monté y el siguió:
- Juan, ¿qué te pasa? Estoy urgido de ese trabajo, la señora se va el primero de enero para Inglaterra y debido a tu demora logró que le concedieran una cita extraordinaria el 31, imagínate, por la fecha, la urgencia que tienen. No me causés más perjuicios.
- ¿Tenés demasiada ansiedad?, - Me preguntó
- Sí Álvaro, estoy desesperado por fumar de esa cosa. Sobra decir que, cuando el me hizo la pregunta, inmediatamente vi que tenía la oportunidad de conseguir con qué seguir fumando.
- Hagamos una cosa, me dijo. Te vas para la oficina a terminar el trabajo, llevás la basuca que querás y fumas allá, trabajando, hasta que termines. ¿Podés trabajar fumando?
- Claro que sí.
- Si se te acaba, me llamás a la hora que sea y vamos a comprar para que no te me volés. Eso sí, te dejo encerrado.
- Listo Álvaro
Dicho y hecho, salimos inmediatamente para la cercana plaza donde yo mercaba y allí para sorpresa de mi jíbaro preferido, al cual le estaba rogando hacia 20 minutos que me fiara un coso, llegué en carro y, sin preámbulos, comprando 30 cosos.
Nos fuimos inmediatamente para la oficina. Me dejó instalado con la recomendación de que lo llamará apenas se me acabará, cerró la puerta y se fue.
Yo no me la creía. Desesperadamente me fui para la oficina, me ubiqué en que punto del trabajo había quedado y ¡a trabajar!
El trabajo consistía en la tabulación de una encuesta orientada a seleccionar el logo de una empresa importantísima del municipio de Medellín cuyo lanzamiento ocurriría el 15 de febrero y los tiempos estaban limitadísimos para la impresión de lo todo lo relacionado con el logo.
Sabía exactamente qué debía hacer y mi trabajo era muy sencillo: programaba el computador para que trabajará unas dos horas y mientras el computador trabajaba yo fumaba y fumaba sin parar un minuto. Cada que terminaba una etapa de dos horas, paraba la fuma, programaba otras dos horas y arranque. Inmediatamente se me estaba acabando la basuca, llamaba a Álvaro e íbamos juntos por más. No importaba la hora del día o de la noche. Él siempre respondía a mi llamada. Lo llegué a buscar a las tres de la mañana y allí estaba a los veinte minutos.
En esas me la pasé durante cuatro días, no sobra comentar que no dormí un solo minuto, no lo necesitaba. Terminé mi trabajo, me pagaron los pocos pesos que me quedaron y ese día, después de tantas cagadas como le hice, Álvaro por fin tomó la sabia decisión de echarme para la quinta porra.
El trabajo quedo de primera, nada más estimulante que lo que mi amigo hizo para atraparme, a mi amigo, a quien la contrató y a la empresa del logo no les pudo ir mejor.
Después de esta experiencia con mi amigo mi good will en la plaza subió como espuma todos supieron que mi capacidad laboral era importante para por lo menos una persona, el jíbaro siguió confiando ciegamente en mí durante dos o tres semanas y se portaron conmigo como con un príncipe durante el mismo tiempo. No fue otra la razón por la cual acompañé siempre a Álvaro a comprar la basuca, mi estrategia resultó de maravilla. Álvaro, no faltaba más, dejó de darme trabajo durante unos dos años.
No volví más a su oficina aunque él nunca se alejó completamente de mí. Siempre estuvo y continúa estando conmigo. Conservo por él un cariño que me acompañara hasta la muerte. Su humanidad me impacta verdaderamente. Es el prototipo de las personas con las que cualquiera puede contar. Sólo el era capaz de comprender la intensidad de la ansiedad que obliga a un adicto a hacer cosas que realmente no quisiera hacer y aunque mi concepción de Dios sea es incierta, le pido en este momento que lo bendiga.
jueves, 13 de agosto de 2009
Una plaza
- Que hubo, ¿estabas mercando?
- ¿Mercando? ¿Cómo así?
Y no necesité más, en ese momento caí en cuenta de que era mercar y que era la tal plaza. No se que me dio más rabia, si la risita suya por lo que ella creía era fingida ignorancia o darme cuenta tan cruelmente de que todo el mundo conocía lo que yo tan celosamente callaba.
Comencé comprando por medio de terceros escogidos cuidadosamente, después, tímidamente, comencé a comprar sigilosamente en un expendió que conocí, después comencé a encerrarme en casas donde vendían basuca si saber nada de expresiones como plazas, ollas ni nada relacionado con ellas.
Cuando llegué a la primera plaza que conocí por ese nombre encontré: cuatro jíbaros, un edificio con cuatro apartamentos, otro con tres y cuatro casas más dónde se podían conseguir basuca y marihuana. Habían, además, dos negocios legales: una tienda y un taller de mecánica. Todo estaba localizado en una longitud de 20 metros: 10 sobre la carrera y otros diez sobre la calle.
Cada jíbaro tenía su clientela propia aunque la mayoría de quienes frecuentaban la plaza no tenían preferencias en sus compras. Los expendios no me atrevería a calificarlos de “ollas” pues no tenían su miseria, la gente no fumaba en cuclillas sino sentada en sillas y taburetes, había personal de un nivel social medio y aun en ocasiones llegaba gente de estratos altos; eran más casas de citas, los clientes compraban o mandaban comprar la basuca abajo, a los jíbaros, las casas obtenían la utilidad del licor y de las piezas que alquilaban aunque casi siempre la gente estaba más interesada en fumar basuca que en acostarse con una vieja.
No tengo ni idea de cuanta basuca vendían en esa plaza pero si observé, completamente asombrado, la cantidad de dinero que movían los jíbaros. No hay negocio, no puede haberlo, que mueva tanto dinero en menos espacio y mucho menos que tenga la rentabilidad que tiene esta plaga moderna.
Si yo fuera a hacer un cálculo de las ventas diarias, no las bajaría de cuatro millones de pesos y eso era mucha plata para venderla en veinte metros lineales con dos empleados de planta en el año de 1995.
Al principio suponía que los jíbaros ganaban mucho, pero después, me di cuenta que casi todo el dinero se quedaba en manos de los patronos. Me pasó como al menor de mis hijos cuando un día viajando en un bus urbano me preguntó que porque no trabajaba como chofer de bus y al mirarlo vi su mirada codiciosa sobre las manos del chofer llenas de billetes.
Dos meses, después de haber llegado, dieron una orden: todos los jíbaros tenían que abrirse. Tres días después sólo quedaba uno de los cuatro jíbaros: un primo de éste, seguramente bien informado, se abrió inmediatamente como lo habían ordenado , al otro día mataron a uno de los que se quedaron y al siguiente dejaron inválido al otro rebelde. Éste, después de una larga convalecencia, volvió al trabajo contra todos los pronósticos y también contra todos los pronósticos lo mataron un día después en su flamante silla de ruedas.
Guineo, así se llamaba el jíbaro que quedo reinando en esa plaza era una persona muy especial. Traté durante mucho tiempo de que me fiara alguna cosa y nunca fue posible. Sin embargo no desfallecí y el milagro se dio ocho días después de que me cambiara un cheque chimbo de cinco mil pesos, el cheque se lo había hurtado a un amigo y yo mismo lo había firmado. Al otro día muy preocupado, madrugué a decirle a Guineo:
- Guineo, no entregues mi cheque que yo te lo pago esta tarde.
- ¡Huy hermano! Ya lo entregué.
- Te lo van a devolver. Esta noche te doy la plata para que esa gente no se enoje.
Esa noche le dí la plata y me sinceré con él. Me la recibió y se quedó como aburrido.
Ocho días después, para mi sorpresa, se me arrimó Guineo y me dio cinco mil pesos diciéndome que el cheque lo habían pagado. A partir de ahí Guineo me fiaba ocasionalmente unos pocos pesos. Alguna vez llegué a deberle treinta mil, realmente el hombre me cogió confianza.
Manejar a la policía era otro de los artes que Guineo dominaba, ellos también obtenían una parte muy importante del negocio, nadie sabe cuantas patrullas llegaban a cobrar, pero eran numerosas. Algunas veces iban policías que no figuraban en la nómina y se sentaban en cualquier silla de la tienda hasta que después de un rato Guineo, indefectiblemente Guineo los frenteaba:
- ¿Qué quieren?
- Nada, ¿Por qué?
- No vengan a chimbiar aquí, digan de una vez, ¿qué quieren?
Guineo sacaba entonces un billete que los policías recibían en el 99% de las veces y se retiraban.
Claro que algunas patrullas que no estaban en el negocio hacían todo lo posible por coger in fraganti a un vendedor que como Guineo era conocido por todos ellos y dos veces lo lograron. Pasó entonces dos temporadas de vacaciones en Bellavista, la primera durante seis meses y la segunda dos.
Un noticiero de televisión logró obtener imágenes de la corrupción que reinaba e esa esquina, Guineo y la policía fueron estrellas rutilantes en horario triple A, algunas de las tomas fueron perfectas y a pesar de lo escandaloso del asunto sólo lograron dificultar durante una semana el normal funcionamiento del negocio y al final de ella todo se normalizó.
Era Guineo un hombre juicioso, en tres ocasiones lo vi prendido y en una borracho, en la que se emborrachó se daba con la cabeza contra las paredes maldiciéndose por hijueputa. Desde esa noche, y hasta el día de hoy, me he preguntando siempre si sería él quien mató al inválido, así me lo decían su actitud y su autoincriminadera. Las veces en que Guineo se prendió lo hizo con serenateros cantando “Nadie es eterno en el mundo”. Él, como todos los pelados que viven en ese mundo sabía que “no nació pa´semilla”.
Guineo, como todo trabajador que se respete, tenía sus reemplazos. Tampoco iba a trabajar 24 horas diarias durante toda la semana, sin embargo, sus reemplazos eran seres intrascendentes, les faltaba su barraquera y desaparecían del parche a la menos señal de alarma. Uno siempre sabía cuando estaba el jíbaro mayor. Eso se notaba y no me pregunte porque. No lo sé.
El dueño aparente de la plaza, uno nunca sabe, era un señor de buena apariencia que tenía montado un negocio de venta de vehículos como tapadera para sus verdaderas actividades. Además tenía una tienda donde trabajaban sus hijos, por esta tienda comenzó a entrarle la desgracia al señor. Primero, uno de los hijos se convirtió en adicto a la droga y en seis meses era una persona vuelta nada, igual que cualquier adicto con veinte años en sus espaldas. Después, el mayor de sus hijos se convirtió en secuestrador y para su mala suerte se equivocó con el secuestrado y lo encontraron en una manga atado a un poste con alambre de púas y con el miembro entre su boca. No se que pasó con el único hijo hombre que le quedó. Lo cierto es que lo del hijo mayor destrozó a ese señor pero siguió con su negocio.
Lo mismo le pasó finalmente a Guineo, se equivocó en una vuelta con un fulano que visitaba esa esquina por primera y única vez. Ocho meses después de esa equivocación, bailándose el día del amor y la amistad en una casa del barrio Castilla, fue acribillado sin compasión y su muerte marcó la de la plaza dónde brilló por tanto tiempo.
domingo, 2 de agosto de 2009
Herencias
Se que tenía dos cosas que lo obsesionaban: Francisco y Luz Marina, la menor de la casa. De acuerdo a la información que mi padre tenía en ese momento, habían buenas razones para preocuparse, Francisco era la rebeldía en pasta, no había estudiado absolutamente nada, sus comportamientos eran de una tremenda agresividad, incluso en ese momento estaba prestando servicio militar, no solamente porque mis padres consideraron que esa experiencia podría ayudarle a disminuir su rebeldía, sino también porque eran incapaces de manejarlo. Toda su adolescencia y parte de su juventud la había pasado interno en sitios especiales para personas con graves problemas de comportamiento. La menor de mis hermanas tenía ocho años y esa era la razón de la preocupación de mi padre. Yo, al contrario de Francisco, era la imagen perfecta del modelo de persona que deseaba mi padre: sumiso, obediente, buen estudiante y absolutamente juicioso. El único problema es que esa era mi imagen, la realidad es que era un reprimido absoluto, incapaz de expresar mis convicciones, aceptaba todo lo que los demás me imponían, muerto de la rabia, me dejaba dominar sin oponer ninguna resistencia. Era, al final de cuentas, mucho más rebelde que Francisco además de ser extremadamente miedoso y resentido. Esas tres características marcaron mi vida y me impidieron ser, durante muchos años, lo que mi padre había previsto para mí.
Todo cálculo que hagamos sobre lo que pasará con un ser humano en el futuro estará equivocado y por eso es sano evitar las angustias que nos causa el hacer cuentas sobre lo que pasará con quienes, entre las personas que nos importan, nos sobrevivan.
Aunque no lo creamos nada podemos hacer por ellos, definitivamente la vida los irá llevando y ellos y tendrán que aprender a entender sus dictados, ella es una maestra que pese a todos nuestros esfuerzos nos enseña lo que quiere que aprendamos sin que se deje conmover por el costo. Esta bien que hagamos planes con respecto a nosotros y a los demás, ellos nos permitirán pasarlo entretenidos pero siempre se quedaran en eso: planes sujetos a factores que no manejamos y que por lo tanto se estrellaran contra la realidad, tan dolorosa o alegre como ella sea.
Mi padre nos dejó con que vivir cómodamente varios años, éramos nueve, contando a mi madre. Hubo tres que aprovecharon su herencia, los restantes la dilapidamos rápida y alegremente. Nueve años después de la muerte de mi padre no quedaba un peso de su fortuna. A dos de nosotros se nos hizo un regalo adicional, no quedó una profesión terminada antes de que se evaporaran los recursos familiares.
A pesar de todo, la vida fue amable con mi familia. Cierto que la mayoría pasamos por grandes dificultades, incluso económicas, pero a la larga nos estabilizamos, emocional y económicamente, no me refiero a grande capitales, simplemente a vivir disfrutando de lo suficiente y la mayoría disfrutamos de la vida y de lo que ella nos concede.
Yo no fui un padre para mis hijos, fui lo que se llama un padre ausente y no asumí mis responsabilidades para con ellos. No porque no quisiera sino porque no tuve los elementos para hacerlo. A mi, en lo personal, no me preocupa que pase con ellos cuando muera, se que sería inútil, la vida los tomará de su mano y será su responsabilidad seguirla o no. Ni mi padre ni nadie pudo hacer nada por mi, ni yo podría hacerlo por mis hijos. Si tienen suerte, a mi muerte le quedará con que vivir dos o tres meses y eso es más de lo que nadie se imaginó hace cuatro años. Si no la conociera, le pediría a la vida los trate con clemencia, pero es inútil, ella no se conmueve por los ruegos de nadie así lo que pasó conmigo, a veces me haga dudar de esta aseveración.
domingo, 19 de julio de 2009
Recuerdos de juventud
Mis primeros impulsos sexuales fueron resueltos con muchas dificultades con el conocido recurso de yo con yo, no sabía de relaciones entre seres humanos. Tendría doce o trece años. En bachillerato me causó muchos problemas porque había profesores, especialmente el de química, dedicados a aterrorizarnos con historias escalofriantes sobre lo que les pasaba a quienes acudían a la masturbación. ¡Que ignorancia la nuestra! Y supongo que él también lo era en estos temas.
Aunque me crié casi en pleno Lovaina, no recuerdo ninguna asociación con putas en mi adolescencia y juventud, lo ignoraba todo sobre ellas. La primera noticia la tuve en algunos recorridos que hizo el bus del colegio, cuando estaba en cuarto de bachillerato, por el barrio Guayaquil. Los mayores se dedicaban, muertos de la risa, a hacerle señas a cuanta vieja veían recostadas contra las paredes de las casas por donde pasábamos. La seña consistía, simplemente, en mostrar las dos manos, en una destacando dos dedos y en la otra uno. Supe, después de mucho preguntar sin encontrar respuesta, que esto significaba: dos pesos para la vieja y uno para pagar la pieza. La verdad no le paré muchas bolas a eso.
Ya en quinto y sexto de bachillerato recorríamos diariamente las calles de Lovaina y el Fundungo, las del Fundungo por la tarde y las de Lovaina por la noche. En las tardes nos metíamos a todos los solares dizque a gatear y juro que nunca vi algo diferente a los calzones y los brasieres de alguna puta descuidada y por las noches recorríamos las animadas calles de Lovaina viendo putas por todas partes sin que hiciéramos algo diferente a recrear la vista. Por increíble que parezca a la juventud de hoy en día casi termino mi bachillerato lleno de virginidad. Estaba en sexto cuando nuestro maestro, experto en esas lides de Guayaco, nos llevo maldadosamente a que nos desvirgaran. Las instrucciones eran muy simples: a la que le guste le pregunta: ¿Cuánto? Y no le de más de dos y cinco y eso sí, le dice que en pelota.
La experiencia fue inolvidable, dábamos y dábamos vueltas sin encontrar una que me gustara, cuando por fin la encontré le dije:
- ¿Cuánto?
- Cinco pa´mi y dos de pieza.
- ¿En pelota?
- ¿En pelota? Oigan a este guevón, no me le empeloto a mi mozo, pa empelotámele a este culicagado.
Repetí la experiencia hasta que me rendí, y entre dispuesto a que no se empelotara.
Entramos a una pieza con un olor a creso impresionante, había también un taburete viejo sobre el cual reposaba una ponchera con agua humeante y unos pedazos de papel higiénico dispuestos sobre el mismo taburete. No sabía que hacer, la vieja simplemente se acostó recogiéndose la falda y quitándose los calzones. Yo por supuesto me empeloté y me dediqué a hacer lo que supuse había que hacer. A los dos minutos la vieja empezó a acosar:
- ¿Qué hubo pues? ¿Se va a quedar toda la noche o qué? Como pude, dos o tres minutos después terminé y la vieja casi me saca de la pieza.
Que decepción tan berraca. ¿Eso era pichar? ¡Que jartera! A pesar de todo le dije a mis amigos que que maravilla, eso sí es lo mejor que hay. Después de tanta alabanza tuve que empeñar mi reloj para prestarle los siete pesos a un amigo que quería también tener la experiencia. Juro que se los presté de pura maldad.
Después de esta primera experiencia, tan desastrosa, no me explico todavía como me aficioné de tal manera a estar con las putas. Se convirtieron durante mucho tiempo en lo mejor que la vida ofrecía para mí.
Mi amigo, el experto, se convirtió, con el paso del tiempo, en un voyerista profesional, andaba taladro en mano perforando ventanas en el vecindario donde vivíamos. Le vendí mi trabajo de física en sexto de bachillerato, era un periscopio y el hombre no se la creía cuando le conté sobre mi aparato. Se recorría los entejados de la manzana en la cual vivía tratando de ver las mujeres en posición viciada. Además de voyerista también se aficionó a las mujeres casadas lo cual le costó la vida hace unos siete años.
domingo, 12 de julio de 2009
Mariu
Su rareza consistía en la manera en que trataba a los hombres, no era lesbiana y le huía a los hombres, parecíamos asustarla.
La veía todos los días y en cierta ocasión se perdió. La extrañe bastante y días después se supo que había accedido a que sus hermanos la internaran en un centro de rehabilitación.
- Hablar de sus hermanos es cosa seria, eran cuatro, sicarios de profesión. Los conocí un día en que Mariu tuvo un tropel con el hijo de la dueña de la casa. Ella muy berraca los llamó y se arrepintió inmediatamente. Ya era tarde, no pudo volver a comunicarse con ellos para decirles que todo había sido un malentendido. Había salido inmediatamente para la casa donde estábamos. La señora de la casa re rogaba al hijo que se fuera y no quiso. Al fin cuando llegaron los hermanos, Mariu logró convencerlos de que no había pasado nada y ellos se fueron con muchas dificultades. Se les veía por encimita las ganas de cascarle al hijo de la señora pero no lo hicieron por respeto con la hermana: la idolatraban. –
Un día, estábamos los mismos de siempre haciendo lo mismo de siempre cuando llegó Mariu. Venía en una elegancia que ni pa´que. Estaba estrenando de todo y traía un maletín muy elegante lleno de ropa nueva, se voló del centro de rehabilitación. Me alegré mucho de verla y después de un buen rato, agotó los recursos que tenía: algunos pesos, maletín, alhajas y ropa, salió desesperada a tratar de conseguir algo más. Regresó ya de noche, venía completamente en pelota y entro llorando a la casa.
- ¡Hijueputas!, decía. Ah malparidos, pero vamos a ver.
La vistieron de cualquier manera, con ropa prestada y salió como alma que lleva el diablo. Volvió 15 minutos después con un rostro radiante y no volvió a salir de la casa hasta las dos de la mañana, se retiró sin llamar la atención y ya jamás la volví a ver.
Serían las tres de la mañana cuando escuchamos aterrados una tremenda balacera, duró cosa de 5 minutos. Todo quedó en silencio y nadie supo que había pasado, estábamos en pleno apagón de Gaviria y ninguno se atrevió a salir. Al rato llegó un visitante, contó que habían llegado tres carros, de ellos se bajaron una diez personas, todas enchaquetadas y sin decir nada tumbaron a bala la puerta de casa donde vivían los atracadores de Mariu, allí se metieron y masacraron sin misericordia a todos los que se encontraban en esa casa: siete hombres, tres mujeres y dos ancianos.
Nadie sabe quien fue pero todos metieron a los hermanos de Mariu, con excepción del hijo de la señora, el siempre sostuvo que ellos eran puro bluff. Yo que vi la dificultad que les dio aguantarse el día en que vinieron por él, pensé: pobre jiquerón, no supo del agua que lo pudo mojar. Los seres humanos morimos siendo idiotas. ¡Que pesar!
viernes, 10 de abril de 2009
DE AFECTOS Y OTRAS HIERBAS.
Para mí, esta es una verdad que está en vía de extinción, precisamente en este momento.
Que es lo que pienso acerca del tema: Si una persona tiene un hijo, evidentemente debe responder por él y puede no hacerlo por muchas razones la más común de las cuales creo que es el miedo. Miedo por supuesto a ser capaz de cumplir con la responsabilidad que emerge del simple hecho de tener un hijo. Estoy convencido de que no tenemos los elementos para juzgar a nadie por el hecho de no haberlo asumido cunado era oportuno. Es difícil sustraerse a la tentación de responder por quien ya no tenemos que hacerlo. Hay algo llamado culpa que es difícil de detectar y más difícil aun de evadir. Si embargo es necesario proceder de manera adulta. La única forma de crecer es asumir completamente nuestras responsabilidades. Si no lo hacemos, no creo que pase nada, simplemente no crecemos y eso no creo que sea ni malo ni bueno.
Con respecto al amor, creo que es más fácil querer a quien tiene una relación de sangre con nosotros pero esa no es una condición ni suficiente ni necesaria. Queremos a quien está en contacto con nosotros no importa que tan cercano por sangre sea o no.
Es imposible querer a quien no quiere o no puede ser querido e igualmente difícil es querer a quien nos impiden acercarnos, no importa cual sea la razón que esgrima quien tiene el poder de permitirnos acercarnos a quien queremos hacerlo. De las pocas cosas que aprendí en la vida está el hecho de que no tenemos derecho a acercarnos a quien no quiere que lo hagamos. Ese es el derecho a la lejanía, tan válido y humano como su contrario. A mi no me ocurre, pero si conozco varias personas que no me quieren ver ni en pintura y juro que respeto, acato y entiendo ese querer. Es más sano tener una relación natural, tan natural como sea posible en lugar de inventarnos vínculos que definitivamente no existen y que aunque alguna vez hayan existido ya desaparecieron.
De tantos familiares como tengo no hubo sino dos, sin contar a Ana Gil, que siempre estuvieron conmigo y los demás, unos más otros menos, se alejaron completamente de mi y si algunos no lo hicieron de alguna manera me mostraron siempre una distancia que los hacía sentir seguros. “A nadie le gusta que lo jodan”, esa frase resume, según Tirso Castrillón, un tratado completo de relaciones humanas y estoy de acuerdo con ello. Yo haría lo mismo que hicieron quienes me dejaron solo y no los reconvengo pero tampoco tengo por que dejar de expresar lo que siento y pienso.
Hay veces que solo podemos hallar comprensión en quienes no nos conocen y desde ahí podemos establecer relaciones sanas con otros seres humanos y afortunadamente la vida siempre nos ofrece caminos alternativos a los que siempre recorrimos. Ya lo dijo Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” y es por eso que no tenemos derecho a quedarnos quietos, tenemos la obligación de continuar caminando siempre, la vida es sabia y ella nos conduce, querámoslo o no, al que es nuestro destino.
miércoles, 1 de abril de 2009
ADICTOS
Cuántas clases de adictos hay? Podemos hacer numerosas clasificaciones pero bajo mi punto de vista no tienen ninguna finalidad práctica. Lo único cierto es que hay tantas clases de adictos como personas. Cada uno es un caso diferente.
Los que consumen droga por curiosidad o por moda, probablemente la dejaran sin mayores dificultades al pasar el tiempo.
Un consumidor, criado en un medio normal, si empieza a consumir a una edad cercana a los veinte años, probablemente pueda ser ayudado, en caso de que lo desee, por la psiquiatría. Francamente no creo mucho en la psicología como una alternativa para tratar a los adictos. Somos demasiado complejos y ella todo lo esquematiza.
¿Cuál es el problema para que la psiquiatría ayude realmente a un adicto joven? Pienso que no existe una sino tres grandes dificultades:
- La primera, consiste en la sobre valoración que todos tenemos de nuestras fuerzas. Creemos que solos lo lograremos y si somos realmente adictos eso no ocurrirá, lo más probable es que fracasemos una y otra vez hasta que lleguemos a perder la fe en que podemos lograrlo.
- La segunda consiste en que nos parece degradante ser tratados psiquiátricamente y perdemos de vista que simplemente estamos recibiendo ayuda de una rama de la medicina muy desarrollada por cierto.
- La tercera es una mezcla de las otras dos, si por cualquier circunstancia nos disponemos a recibir el tratamiento, rara vez estamos dispuestos a ponernos en manos del siquiatra confiando en que el realmente sabe lo que necesitamos, tanto en dosificación como en el tiempo. Tenemos la tendencia a creer que ya todo pasó y nos equivocamos fácilmente, corriendo el peligro de que si recibimos varios tratamientos y fracasamos entonces perdemos la fe un una ciencia que realmente tiene los elementos para ayudarnos a salir de allí.
¿Qué se puede hacer entonces por un adicto?
- Si él lo quiere podemos ayudarle en primer lugar a que identifique la gravedad del problema que tiene.
- Podríamos llevarlo a conocer personalmente el destino que le espera si continúa por ese camino. Visitar “ollas”, cárceles, hospitales.
- Podríamos ayudarlo a recibir un tratamiento médico adecuado.
Nada de lo que nosotros hagamos o digamos, le ayudará a quien no lo quiere y se necesita muchas veces un milagro, aunque no creamos en ello, para que cierta clase de adictos salgan de allí.
Lo único que podemos hacer es ayudarle mientras quiera y es de sabios reconocer cuando es mejor, para todos, dejarlo que siga su camino por doloroso que sea.