La gente no me cree que en ocasiones me pasaba, como Jesús, hasta cuarenta días sin una comida seria. Me alimentaba, creo yo, de mi propio cuerpo, mi peso normal es de 70 kilos y me mantenía entre 45 y cincuenta. En esas épocas, a veces, compraba un boli de cincuenta y dos galleticas de 100 para desayunar, almorzar y comer. Me sostenía con basuca. No era capaz de comprar un boli de cien porque se me dañaba el pielroja. Es apenas lógico que mi sistema inmunológico se deteriorara hasta el extremo y no me explico como no morí en el ensayo.
Hacía días venía sufriendo de una tos persistente y demasiado molesta, me agotaba con facilidad y a veces me cogía una fiebre muy alta. Era tanta la debilidad que tuve que acudir donde una hermana que me llevó al médico. No es que no fuera capaz de ir solo sino que ir con ella me reportaba ventajas adicionales, pensaba que después de ir donde el médico ella me regalaría algún peso para seguir fumando. Llegamos al sitio de Susalud en el que yo consultaba y me atendió una doctora muy amiga de mi hermana. Ella apenas me vio le dijo:
- Soco, te está manipulando, no tiene nada. Se le nota la ansiedad por encimita. Sin embargo le voy a mandar un examen para que estés tranquila.
- Gracias, hacelo por mí.
Me mandaron el examen, eran unos rayos X del sistema respiratorio. Al ver la radiografía, la doctora se puso pálida y le dijo a mi hermana que me llevara inmediatamente a una clínica, en la radiografía no se veían los pulmones, sólo una masa blanca en su lugar. La doctora le dijo que ella jamás había visto una cosa como esa.
Después de algunas consultas decidimos ir a la Clínica de las Américas y allí me hospitalizaron inmediatamente. Me llevaron a una pieza, me pusieron tapabocas y colocaron un aviso para limitar la entrada a mi habitación al personal médico. Toda persona que entraba lo hacía con tapabocas. Me mandaron una serie de exámenes. Sospechaban de tuberculosis, sida y neumonía. A los dos o tres días me diagnosticaron una variante de neumonía aguda, me permitieron las visitas y me quitaron el tapabocas.
Es extraño que tenía que estar hospitalizado para recuperar momentáneamente mi vida social. Me visitaron algunas de las personas a las que presuntamente les importaba y a las que normalmente no veía. Es muy grato recobrar el sentido de pertenencia a la raza humana, no importa que sea por circunstancias de alguna manera negativas.
El tratamiento fue largo y el médico, un experto neumonólogo de Medellín se dedico con alma vida y sombrero a sacarme adelante.
De esta historia quiero recordar dos o tres cosas:
Cuando ya estaba prácticamente curado, le pedí al médico permiso para salir de la Clínica, me lo dio y me fui, prácticamente sin plata, a fumar basuca en el otro extremo de Medellín. Regrese varias horas después y cuando me vieron regresar me dijeron
- ¿Dónde estaba? El médico lo está buscando hace rato, vaya dónde él. Lo busqué y al verme me dijo:
- Juan Bautista ¿Dónde estaba?
- Doctor, dando una vuelta.
- ¿Por dónde?
- En el centro
- Juan Bautista, le di permiso para salir, pero dentro de la clínica.
- Excúseme doctor, no le entendí, la vuelta que le dije era por el centro. Tuvimos un malentendido.
- Está bien. No vuelva a salir mientras no le de de alta.
El médico nunca se imagine la razón de mi salida y yo realmente me preocupé mucho por lo que el pensara de mi. Su dedicación había sido ejemplar.
El otro aspecto que quiero resaltar es lo que paso en mis visitas post-tratamiento.
Después de que se me dio de alta regresaba mensualmente a control, en la tercera cita me pidió las radiografías que yo conservaba, me dijo que me las devolvería en la semana siguiente. Así pasó y repitió su solicitud en los dos meses que siguieron. Cuando me solicito las radiografías por tercera vez, no me aguanté y le pregunte
– Doctor, ¿y usted para que necesita mis radiografías?
–Juan Bautista, soy docente, y su caso esta tratado profundamente en los textos: existen dos teorías que uno tiene pocas ocasiones de corroborar con la experiencia y la suya es un ejemplo de que la teoría menos traumatizante y costosa puede funcionar en la realidad. Unos dicen que es necesario operar y otros, la minoría, que es posible un tratamiento como el que yo le aplique a usted. Con sus radiografías les muestro a mis alumnos que esta segunda teoría si funciona. Su evolución fue perfecta. Me siento muy agradecido por haber tenido la oportunidad de atenderlo.
- Doctor, porque no se queda entonces con las radiografías.
- No Juan Bautista, no es necesario, así está bien. Me devolvió las radiografías, no me dio más citas de control y jamás lo volví a ver.
lunes, 2 de noviembre de 2009
sábado, 31 de octubre de 2009
Seis basucos para una convalecencia.
Nada más aterrador que quedarse sin un basuco y tener una posibilidad de conseguirlo igual a cero. Ese día, tenía en mi correa, sitio donde los guardaba celosamente, seis basucos. Muy preocupado porque se me agotaba el tiempo para conseguirme un peso para comprar más, miraba y miraba, volteaba y volteaba tratando de encontrar a alguien que me ajustara con que comprar por le menos tres más. Mi mayor esperanza era Nanico, un antiguo amigo de infancia, cada que me lo encontraba me daba de dos a cinco mil pesos y frecuentaba la zona de Maracaibo con Palacé en donde yo me encontraba, mi otra esperanza, muy remota por cierto era un hijo con quien me había quedado de encontrar allí cerca, en el salón de ajedrez Philidor. Mi hijo era duro como el acero. Con muchas dificultades me soltaba, muy ocasionalmente, mil pesos. Por esa razón estaba concentrado en Nanico, recorrí por lo menos quince veces las dos medias cuadras en donde me lo podía encontrar y nada de nada, en el último recorrido de ese atardecer, estaba pensando en como fumarme uno de los seis que tenía, minimizando la posibilidad de que Nanico me pillará o que todavía peor se me fuera a ir sin verlo si es que estaba en esa zona.
Con la duda atravesándome, recuerdo que iba a cruzar de la salida del Pasaje Junín Maracaibo hacia el Hotel Nutibara cuando me vi volando. No sentí absolutamente nada, un señor se bajó de un taxi muy preocupado, me recogió del suelo a donde había ido a caer, en ese momento me di cuenta que me habían atropellado. Si sentir nada, me toqué por todas partes y le dije al señor que se fuera que no tenía nada.
El señor, sin hacerme caso, me dijo:
- Vamos, venga lo llevo a una clínica a que lo revisen.
- No señor, no es necesario, no me pasó nada. En esas se me acercó otro señor y me dijo:
- Amigo, hágale caso es mejor que lo revise un médico, ese carro siempre lo levantó muy duro.
- Le hice caso y me dirigí al carro, momento que aprovechó el señor para decirme en voz muy baja:
- Hermano, déme esos cosos, que de pronto se los pillan en la clínica.
No me explico como se dio cuenta de mi tesoro, pero eso si es mucho optimismo.
- Primero muerto, ¿está loco o qué?- le contesté. Oigan a este, no se preocupe por mí.
- Venga pues lo acompaño.
- No hermano, me voy sólo y apresuradamente me monté al carro y el chofer afortunadamente arrancó sin esperar más.
Me dijo el chofer que fuéramos al CES que era una clínica buena y cercana, allá nos dirigimos y a mi lo único que me preocupaba eran mis basucos, los escondí apresuradamente en donde no tuviera riesgo de que me los encontraran en la clínica si acaso me tenía que quitar la ropa.
Llegamos al CES y fui beneficiario, sin saber que era eso, del SOAP, el chofer hizo los trámites del caso y no hubo ninguna dificultad para que me dejaran en la clínica para los exámenes de rigor. Hice llamar a mi hijo al sitio de encuentro para que le contaran de mi accidente y afortunadamente lo encontraron. En este momento no estoy seguro pero creo que hasta la mamá de mis hijos, de quien me encontraba separado hacía muchos años, se apareció por allí.
Es increíble, pero tenía la clavícula quebrada y no había sentido dolor alguno, no recuerdo si sentí algo después de que llegué a la clínica, lo que si recuerdo era la ansiedad que me acogotaba sabiendo lo que tenía escondido.
Mi hijo llegó al rato y fue para mi gratísima compañía. No recuerdo nada sobre mi curación. Creo que al final me pusieron una tira para cargar mi brazo, sin enyesarme ni nada parecido a lo que acostumbré a usar en mis anteriores quebradas. También creo que salí con mi hijo caminando por las calles de Prado hacía mi residencia, si es que acaso la tenía en esa época.
La verdad no se de que manera terminé fumándome mis seis basucos, estoy seguro de que me los fumé, no se si después de que me alejara de mi hijo con cualquier pretexto para poder fumármelos o si fue que después de que él me llevara a mi hipotética casa, salí raudo a fumarme lo que tenía. ¿Imagina alguien las dificultades para armar un basuco con una sola mano? Es mejor no imaginárselas, los recursos del ser humano son infinitos y estoy seguro del alarde de paciencia que tuve que tener para armarlos y fumármelos uno detrás del otro.
Un abrazo a quien siempre estuvo conmigo en esas dolorosas épocas, no importan las razones por las que lo hiciera. Lo cierto es que su compañía fue un bálsamo en tantas horas de miseria y de dolor no sentido.
Me imagino su inconformidad por este mi insustancial agradecimiento, La realidad es que esa palabra define muy bien lo que yo era: un ser insustancial en su forma pero mera sustancia en su esencia. Juan David tiene que excusarme por este párrafo, evidentemente me inspiré en Carolina Sanín y eso es porque también quiero estar por lo menos en la antología que él publicará algún día.
Amen, amen y amen
Con la duda atravesándome, recuerdo que iba a cruzar de la salida del Pasaje Junín Maracaibo hacia el Hotel Nutibara cuando me vi volando. No sentí absolutamente nada, un señor se bajó de un taxi muy preocupado, me recogió del suelo a donde había ido a caer, en ese momento me di cuenta que me habían atropellado. Si sentir nada, me toqué por todas partes y le dije al señor que se fuera que no tenía nada.
El señor, sin hacerme caso, me dijo:
- Vamos, venga lo llevo a una clínica a que lo revisen.
- No señor, no es necesario, no me pasó nada. En esas se me acercó otro señor y me dijo:
- Amigo, hágale caso es mejor que lo revise un médico, ese carro siempre lo levantó muy duro.
- Le hice caso y me dirigí al carro, momento que aprovechó el señor para decirme en voz muy baja:
- Hermano, déme esos cosos, que de pronto se los pillan en la clínica.
No me explico como se dio cuenta de mi tesoro, pero eso si es mucho optimismo.
- Primero muerto, ¿está loco o qué?- le contesté. Oigan a este, no se preocupe por mí.
- Venga pues lo acompaño.
- No hermano, me voy sólo y apresuradamente me monté al carro y el chofer afortunadamente arrancó sin esperar más.
Me dijo el chofer que fuéramos al CES que era una clínica buena y cercana, allá nos dirigimos y a mi lo único que me preocupaba eran mis basucos, los escondí apresuradamente en donde no tuviera riesgo de que me los encontraran en la clínica si acaso me tenía que quitar la ropa.
Llegamos al CES y fui beneficiario, sin saber que era eso, del SOAP, el chofer hizo los trámites del caso y no hubo ninguna dificultad para que me dejaran en la clínica para los exámenes de rigor. Hice llamar a mi hijo al sitio de encuentro para que le contaran de mi accidente y afortunadamente lo encontraron. En este momento no estoy seguro pero creo que hasta la mamá de mis hijos, de quien me encontraba separado hacía muchos años, se apareció por allí.
Es increíble, pero tenía la clavícula quebrada y no había sentido dolor alguno, no recuerdo si sentí algo después de que llegué a la clínica, lo que si recuerdo era la ansiedad que me acogotaba sabiendo lo que tenía escondido.
Mi hijo llegó al rato y fue para mi gratísima compañía. No recuerdo nada sobre mi curación. Creo que al final me pusieron una tira para cargar mi brazo, sin enyesarme ni nada parecido a lo que acostumbré a usar en mis anteriores quebradas. También creo que salí con mi hijo caminando por las calles de Prado hacía mi residencia, si es que acaso la tenía en esa época.
La verdad no se de que manera terminé fumándome mis seis basucos, estoy seguro de que me los fumé, no se si después de que me alejara de mi hijo con cualquier pretexto para poder fumármelos o si fue que después de que él me llevara a mi hipotética casa, salí raudo a fumarme lo que tenía. ¿Imagina alguien las dificultades para armar un basuco con una sola mano? Es mejor no imaginárselas, los recursos del ser humano son infinitos y estoy seguro del alarde de paciencia que tuve que tener para armarlos y fumármelos uno detrás del otro.
Un abrazo a quien siempre estuvo conmigo en esas dolorosas épocas, no importan las razones por las que lo hiciera. Lo cierto es que su compañía fue un bálsamo en tantas horas de miseria y de dolor no sentido.
Me imagino su inconformidad por este mi insustancial agradecimiento, La realidad es que esa palabra define muy bien lo que yo era: un ser insustancial en su forma pero mera sustancia en su esencia. Juan David tiene que excusarme por este párrafo, evidentemente me inspiré en Carolina Sanín y eso es porque también quiero estar por lo menos en la antología que él publicará algún día.
Amen, amen y amen
Algunos de los muertos que me rozaron
El primero fue Hernancito, tomaba pastillas de seconal y apacil por allá en los años sesenta y murió a sus 20 años por una sobredosis. Era mi amigo y se degeneró consumiendo trago pastillas y marihuana.
El bizco Ochoa, lo mataron a sus veintidós años, era compañero de farra de Hernancito y lo mataron después de un atraco.
La gorda Mora, consumidora de basuca con monedas conseguidas en sus recorridos nocturnos, pedía plata al que se le atravesara para consumir con su mejor amiga. Ésta la hizo matar porque la mantenía cansada.
El negro Juan, lo mataron porque se equivocó al atracar a un tipo demasiado bravo. También consumía basuca junto a la facultad de medicina de la UDA.
Banano, jíbaro de la esquina donde consumía el negro Juan, lo mataron por la misma razón del negro.
Quique, rebuscador de la esquina donde consumía el negro Juan, lo mataron por la misma razón del negro. El atraco lo hicieron entre los tres y a los tres se los cobraron.
Miguel, un pastillero que se mantenía donde doña Libia, en el palo con la 42, lo contrataron para matarme, estaba conmigo y se tomó unas patillas para darse valor, logré volármele y regresé a la tres horas y me recibieron con la noticia de que se había matado tirándose en un charco y estaba tan trabado que cayó afuera. No sobra advertir que me volé a las dos de la mañana y el se tiró al charco a la cinco AM. ¡Cómo sería la traba!
Lucía, una jíbara que se encargaba de la droga en una casa en buenos aires, se dedicó a robarles a los clientes tirándoles chuzo, cuando menos lo pensó, llegaron tres tipos a la tres de la mañana y le pegaron dos balazos después de tumbar la puerta. No tuvo tiempo de montar en su caballo.
Cinco vecinos de doña Libia, una noche, precisamente la misma en que atracaron a Marión y la dejaron en pelota, cinco fueron los vecinos que mataron en una masacre que no vi pero no olvido. A la que si vi fue a Marion llegar muerta de la rabia el día de su atraco, en pura almendra a la casa de doña Livia.
Siete fueron los muertos en la Guayana, los mataron para desacreditar el sitio porque no habían pagado la vacuna que semanalmente le daban a la policía. Era un sitio tan deprimente, que a mi, que todo lo había visto, me daba miedo ir. Los muertos eran siete miserables adictos a los que no les importó morir con tal de hacer lo único que sabían: consumir basuca.
El mono, era una persona de aspecto relativamente distinguido, lo mataron de siete balazos, una madrugada en que salió a comprar diez basucos para que le regalaran uno y le pagaron con plomo. Esa noche, en pleno apagón de Gaviria fui yo la persona encargada inicialmente do comprar los basucos de la muerte.
Juanita, trabajaba como campanero donde Javier, era un marica muy apreciado en el negocio de basuca de Javier, una noche me dijeron que lo habían matado y juro que lo vi a la semana siguiente. Después nunca lo volví a ver y me confirmaron que realmente lo habían matado. Nunca supe que pasó: ¿lo ví, lo imagine, me anticipe a su muerte?
Juancito, un pelado que se mantenía escuchando un disco llamado Juanito Alimaña:
"La calle es una selva de cemento
y de fieras salvajes, cómo no
ya no hay quien salga loco de contento
donde quiera te espera lo peor
donde quiera te espera lo peor
Juanito Alimaña con mucha maña llega al mostrador
saca su cuchillo sin preocupación
dice que le entreguen la registradora
saca los billetes, saca un pistolón. ¡Pum! "
y muerto de ganas de hacer una vuelta para salir de pobre. Al final pudo hacer la vuelta, recuerdo la cadena de oro tan estrambótica con la que se la pagaron y recuerdo mejor que tres días después desapareció para siempre porque es muy común que una vuelta la paguen con otra destinada al que hizo la primera.
El bizco Ochoa, lo mataron a sus veintidós años, era compañero de farra de Hernancito y lo mataron después de un atraco.
La gorda Mora, consumidora de basuca con monedas conseguidas en sus recorridos nocturnos, pedía plata al que se le atravesara para consumir con su mejor amiga. Ésta la hizo matar porque la mantenía cansada.
El negro Juan, lo mataron porque se equivocó al atracar a un tipo demasiado bravo. También consumía basuca junto a la facultad de medicina de la UDA.
Banano, jíbaro de la esquina donde consumía el negro Juan, lo mataron por la misma razón del negro.
Quique, rebuscador de la esquina donde consumía el negro Juan, lo mataron por la misma razón del negro. El atraco lo hicieron entre los tres y a los tres se los cobraron.
Miguel, un pastillero que se mantenía donde doña Libia, en el palo con la 42, lo contrataron para matarme, estaba conmigo y se tomó unas patillas para darse valor, logré volármele y regresé a la tres horas y me recibieron con la noticia de que se había matado tirándose en un charco y estaba tan trabado que cayó afuera. No sobra advertir que me volé a las dos de la mañana y el se tiró al charco a la cinco AM. ¡Cómo sería la traba!
Lucía, una jíbara que se encargaba de la droga en una casa en buenos aires, se dedicó a robarles a los clientes tirándoles chuzo, cuando menos lo pensó, llegaron tres tipos a la tres de la mañana y le pegaron dos balazos después de tumbar la puerta. No tuvo tiempo de montar en su caballo.
Cinco vecinos de doña Libia, una noche, precisamente la misma en que atracaron a Marión y la dejaron en pelota, cinco fueron los vecinos que mataron en una masacre que no vi pero no olvido. A la que si vi fue a Marion llegar muerta de la rabia el día de su atraco, en pura almendra a la casa de doña Livia.
Siete fueron los muertos en la Guayana, los mataron para desacreditar el sitio porque no habían pagado la vacuna que semanalmente le daban a la policía. Era un sitio tan deprimente, que a mi, que todo lo había visto, me daba miedo ir. Los muertos eran siete miserables adictos a los que no les importó morir con tal de hacer lo único que sabían: consumir basuca.
El mono, era una persona de aspecto relativamente distinguido, lo mataron de siete balazos, una madrugada en que salió a comprar diez basucos para que le regalaran uno y le pagaron con plomo. Esa noche, en pleno apagón de Gaviria fui yo la persona encargada inicialmente do comprar los basucos de la muerte.
Juanita, trabajaba como campanero donde Javier, era un marica muy apreciado en el negocio de basuca de Javier, una noche me dijeron que lo habían matado y juro que lo vi a la semana siguiente. Después nunca lo volví a ver y me confirmaron que realmente lo habían matado. Nunca supe que pasó: ¿lo ví, lo imagine, me anticipe a su muerte?
Juancito, un pelado que se mantenía escuchando un disco llamado Juanito Alimaña:
"La calle es una selva de cemento
y de fieras salvajes, cómo no
ya no hay quien salga loco de contento
donde quiera te espera lo peor
donde quiera te espera lo peor
Juanito Alimaña con mucha maña llega al mostrador
saca su cuchillo sin preocupación
dice que le entreguen la registradora
saca los billetes, saca un pistolón. ¡Pum! "
y muerto de ganas de hacer una vuelta para salir de pobre. Al final pudo hacer la vuelta, recuerdo la cadena de oro tan estrambótica con la que se la pagaron y recuerdo mejor que tres días después desapareció para siempre porque es muy común que una vuelta la paguen con otra destinada al que hizo la primera.
lunes, 5 de octubre de 2009
Un día en la vida de un adicto.
Mí día realmente comenzaba la víspera y era, siempre, la misma rutina. Antes de acostarme, me pasaba unos minutos decidiendo si me fumaba los dos cosos que tenía o si los guardaba para hacerlo al levantarme. Me despertaba a las 6 de la mañana, lo primero que hacía era un recorderis sobre la decisión tomada, si de pronto me había quedado un basuco de la noche anterior, si lo tenía, eso me elevaba el espíritu, a continuación recordaba cuanto dinero tenía en el bolsillo, por supuesto que era rara la vez en que tenía un peso y nunca tenía más de novecientos. Si tenía algo, me bañaba y pedía desesperadamente el desayuno para irme a fumar el primero, si tenía dos me iba sin desayunar y si no me alcanzaba para un basuco inmediatamente maquinaba la forma en que iba a completar los mil cincuenta pesos que necesitaba para el primero.
Desayunaba y salía, siempre a pie, para irme a esperar a la secretaria de la oficina en la cual “trabajaba”. En el camino, me fumaba siempre uno, dos o hasta tres basucos. Llegaba al parque de Berrio y me paraba a esperar a la secretaria, no sé cuantos giros daba para no perderme su llegada. Normalmente llegaba a las 7:30 de la mañana y la acompañaba en el ascensor para que no se me fuera a escapar. Ella sabía que venía por la plata para desayunar: tres mil doscientos pesos recibía y bajaba aceleradamente para ir a fumarme tres basucos. Recorría cinco o seis cuadras y me los fumaba. Regresaba a la oficina, normalmente a las 8 pasadas y comenzaba a “trabajar”. A veces algo hacía, pero mi único pensamiento era como me conseguía, antes de la hora de almuerzo, mil cincuenta pesos para fumarme uno. Si los conseguía salía y regresaba en quince o veinte minutos y en esas me la pasaba toda la mañana. Desde las 11: 30 comenzaba a planear el almuerzo y a las doce, antes si mi hermano se había ido, pedía la plata para ir a almorzar. El almuerzo consistía en cinco o seis basucos más que me duraban hasta la 1 de la tarde, a la una regresaba a la oficina para seguir “trabajando” y el trabajo consistía en estar siempre atento a la menor oportunidad de irme a consumir. Los sistemas eran muy variados: niña, le decía a la secretaria, déme tres mil pesos para ir a EE.PP y estoy seguro de que ella sabía para que era, pero si mi hermano lo autorizaba y normalmente yo ya lo había embaucado para que me dejara ir, no tenía más remedio que dármelos. Los clientes que yo visitaba en el mes no tenían contadero pero lo que si se contaba muy fácil eran los resultados de esas pretendidas visitas: nulos. Otro sistema era comprar un libro para capacitarme y ocasionalmente esto me resultaba. Me vendían el libro por tres y yo cobraba diez y con la diferencia iba a fumar basuca. A veces también pedía plata para ir donde un compañero que me iba a enseñar algo sobre mi trabajo. ¡Cuánta credulidad en mi hermano!
Al ir acabando la tarde, me preocupaba más que en el resto del día, ya eran los últimos pesos para la comida y la vivienda y por eso estrujaba mi creatividad tratando de conseguirme algún peso adicional. A las cinco o cinco y media salía disparado a gastarme la plata que me habían dado, ese dinero me duraba aproximadamente hasta las siete o siete y media de la noche, entonces, empiece Cristo a padecer. ¿Cómo conseguirse uno mil pesos a esas horas? Ya sabía con quién podía contar, dependiendo del día, hubo personas que nunca me fallaron y hubo otras que nunca cayeron en mis redes. Hasta tenía un excompañero al cual le caía a las cuatro de la mañana al salir del turno de la noche. No se cansó hasta el final, pero se canso. Mi último recurso era el casero, era este un señor, adicto recuperado y ladrón declarado, me prestaba cinco por cincuenta, cuando lograba cuentearlo, aunque normalmente me estrellaba contra los muros, su señora era inconmovible y lo manejaba con el dedo chiquitico.
Todos mis cigarrillos me los fumaba en la calle, pues ya era incapaz de encerrarme en una olla.
Ocasionalmente resultaban recursos extras y cuando eso pasaba me perdía de la oficina hasta el otro día. Esto que cuento ocurrió en los gloriosos, es decir en épocas en que por lo menos tenía un trabajo y unos ingresos diarios garantizados. Hubo épocas más difíciles pero siempre me resultó con que seguirme destruyendo. Como decía un anciano que recogía dinero en los buses para irse a fumar basuca: primero se acaba el helecho que los marranos y aunque es una frase dolorosa para quien se cree muy uva es cierta.
Desayunaba y salía, siempre a pie, para irme a esperar a la secretaria de la oficina en la cual “trabajaba”. En el camino, me fumaba siempre uno, dos o hasta tres basucos. Llegaba al parque de Berrio y me paraba a esperar a la secretaria, no sé cuantos giros daba para no perderme su llegada. Normalmente llegaba a las 7:30 de la mañana y la acompañaba en el ascensor para que no se me fuera a escapar. Ella sabía que venía por la plata para desayunar: tres mil doscientos pesos recibía y bajaba aceleradamente para ir a fumarme tres basucos. Recorría cinco o seis cuadras y me los fumaba. Regresaba a la oficina, normalmente a las 8 pasadas y comenzaba a “trabajar”. A veces algo hacía, pero mi único pensamiento era como me conseguía, antes de la hora de almuerzo, mil cincuenta pesos para fumarme uno. Si los conseguía salía y regresaba en quince o veinte minutos y en esas me la pasaba toda la mañana. Desde las 11: 30 comenzaba a planear el almuerzo y a las doce, antes si mi hermano se había ido, pedía la plata para ir a almorzar. El almuerzo consistía en cinco o seis basucos más que me duraban hasta la 1 de la tarde, a la una regresaba a la oficina para seguir “trabajando” y el trabajo consistía en estar siempre atento a la menor oportunidad de irme a consumir. Los sistemas eran muy variados: niña, le decía a la secretaria, déme tres mil pesos para ir a EE.PP y estoy seguro de que ella sabía para que era, pero si mi hermano lo autorizaba y normalmente yo ya lo había embaucado para que me dejara ir, no tenía más remedio que dármelos. Los clientes que yo visitaba en el mes no tenían contadero pero lo que si se contaba muy fácil eran los resultados de esas pretendidas visitas: nulos. Otro sistema era comprar un libro para capacitarme y ocasionalmente esto me resultaba. Me vendían el libro por tres y yo cobraba diez y con la diferencia iba a fumar basuca. A veces también pedía plata para ir donde un compañero que me iba a enseñar algo sobre mi trabajo. ¡Cuánta credulidad en mi hermano!
Al ir acabando la tarde, me preocupaba más que en el resto del día, ya eran los últimos pesos para la comida y la vivienda y por eso estrujaba mi creatividad tratando de conseguirme algún peso adicional. A las cinco o cinco y media salía disparado a gastarme la plata que me habían dado, ese dinero me duraba aproximadamente hasta las siete o siete y media de la noche, entonces, empiece Cristo a padecer. ¿Cómo conseguirse uno mil pesos a esas horas? Ya sabía con quién podía contar, dependiendo del día, hubo personas que nunca me fallaron y hubo otras que nunca cayeron en mis redes. Hasta tenía un excompañero al cual le caía a las cuatro de la mañana al salir del turno de la noche. No se cansó hasta el final, pero se canso. Mi último recurso era el casero, era este un señor, adicto recuperado y ladrón declarado, me prestaba cinco por cincuenta, cuando lograba cuentearlo, aunque normalmente me estrellaba contra los muros, su señora era inconmovible y lo manejaba con el dedo chiquitico.
Todos mis cigarrillos me los fumaba en la calle, pues ya era incapaz de encerrarme en una olla.
Ocasionalmente resultaban recursos extras y cuando eso pasaba me perdía de la oficina hasta el otro día. Esto que cuento ocurrió en los gloriosos, es decir en épocas en que por lo menos tenía un trabajo y unos ingresos diarios garantizados. Hubo épocas más difíciles pero siempre me resultó con que seguirme destruyendo. Como decía un anciano que recogía dinero en los buses para irse a fumar basuca: primero se acaba el helecho que los marranos y aunque es una frase dolorosa para quien se cree muy uva es cierta.
Etiquetas:
ADICTOS,
basuca,
droga,
recuperacion
domingo, 20 de septiembre de 2009
Una moto para el Jíbaro
Aquella noche, como tantas otras, había llegado muy temprano donde el mueco y ya sólo me quedaban cuatro mil pesos para dos basucos. En esas tocaron la puerta y para mi alegría entró Pedro María, era este un joven de unos treinta años, trabajaba como mensajero en una empresa de la ciudad y venía, como otras veces a pegase una rumba para gastarse su pequeño salario en sentirse rico por una noche. Y lo consiguió, éramos siete personas las que estábamos esperando, antes de su llegada, que se nos apareciera la virgen, y se nos apareció. Los siete estábamos sentados con él. A mi me sacaron del parche por razones incomprensibles para mi. De los siete yo era el que más gastaba en esa casa y sin embargo al mueco le daba como rabia que me invitaran. Me retire sin decoro alguno y ocasionalmente me daba una pasadita por allí para que me invitaran a un pitazo cosa en la que obtenía éxitos ocasionales. Poco duró el sueldo de nuestro amigo el mensajero, en unas tres o cuatro horas se evaporaron en humo los cuatrocientos mil pesos con los que llegó, y realmente no entiendo como le pudieron durar tanto. Pero quien dijo miedo: allá en la puerta estaba su flamante vehiculo, adquirido a crédito con mucho esfuerzo para poder cumplir con uno de los requisitos más importantes de su nuevo cargo: “Se busca mensajero con moto”. Dicho y hecho, con ese respaldo Pedro María aseguraba su reinado por varias horas más y Mi`apá lo respaldó:
- Miguel, ¿me suelta unos cosos en la moto que se me acabó la plata?
- Claro Pedro, entrégueme la llaves y la matricula y pida hasta un melón doscientos
- No, yo que voy a pedir todo eso, es para fumarme unos cosos.
- Hágale, usted verá hasta cuando.
Obvio que Miguel sabía que la moto se iría enterita y desde hace rato él había tomado las medidas para que a Pedro no le faltara nada.
Pedro siguió como nuevo rico hasta bien entrada la mañana del nuevo día, al fin, como siempre pasa, el fiado se acabó y a pesar de su insistencia no pudo conseguir un peso más. En esas circunstancias vino Pedro a caer en cuenta de lo que había hecho. Me parece que lo veo dándose con la cabeza contra los muros repitiéndose insistentemente, ya en la soledad de los sin plata: “Yo si soy mucho hijueputa tan guevón”
Pedro María perdió su trabajo y nunca pudo recuperar su moto, Miguel le tuvo que financiar cincuenta mil pesos en una corta rumba para que le hiciera el traspaso de la moto y me lo volví a encontrar en otra rumba similar cuando logró que le pagaran el primer salario de un nuevo cargo que logró conseguirse. ¡Que desperdicio!
- Miguel, ¿me suelta unos cosos en la moto que se me acabó la plata?
- Claro Pedro, entrégueme la llaves y la matricula y pida hasta un melón doscientos
- No, yo que voy a pedir todo eso, es para fumarme unos cosos.
- Hágale, usted verá hasta cuando.
Obvio que Miguel sabía que la moto se iría enterita y desde hace rato él había tomado las medidas para que a Pedro no le faltara nada.
Pedro siguió como nuevo rico hasta bien entrada la mañana del nuevo día, al fin, como siempre pasa, el fiado se acabó y a pesar de su insistencia no pudo conseguir un peso más. En esas circunstancias vino Pedro a caer en cuenta de lo que había hecho. Me parece que lo veo dándose con la cabeza contra los muros repitiéndose insistentemente, ya en la soledad de los sin plata: “Yo si soy mucho hijueputa tan guevón”
Pedro María perdió su trabajo y nunca pudo recuperar su moto, Miguel le tuvo que financiar cincuenta mil pesos en una corta rumba para que le hiciera el traspaso de la moto y me lo volví a encontrar en otra rumba similar cuando logró que le pagaran el primer salario de un nuevo cargo que logró conseguirse. ¡Que desperdicio!
jueves, 17 de septiembre de 2009
Siete balazos por un bazuco
En aquella época, pleno apagón de Gaviria, me la pasaba , prácticamente todo el tiempo, en dos casas, una al lado de la otra, que quedaban en la carrera el Palo con la calle 42 de Medellín, cerca de la tenebrosa zona de Niquitao, en ninguna de las dos vendían basuca aunque en las dos nos manteníamos fumándola. Los que tenían mucha plata mandaban comprar la basuca a los que no tenían, pocas cosas se agradecían más que el hecho de que uno fuera el escogido para ir a comprarla, eso implicaba un basuco para el mandadero. Una noche, a eso de las tres de la mañana, me quedaban seis basucos para fumármelos mientras amanecía y los estaba tasando como se tasan los tesoros que no han de volver, en esas me dijo el marica Alberto:
- Don Juan, que si quiere ir comprar 10 y le dan uno.
- Claro Alberto, listo
- Espéreme, voy por la plata
Esperé unos dos o tres minutos y volvió Alberto con cara de circunstancias:
- No don Juan, va a ir el mono. Bregué mucho para que lo mandaran a usted, pero el mono se impuso y como la Rosa es la que manda.
- Tranquilo Alberto, que se va a hacer.
Con esa frase ocultaba mi frustración. Un basuco es un basuco y acababa de perderlo. Nada me importaba que la calle estuviera completamente a oscuras, ni que esa compra fuera en las ollas de Niquitao, ni que todos los días mataran una o dos personas en esa zona.
En esos momentos llegó el mono hasta la puerta, me miró con socarronería y se marchó a hacer su vuelta.
Cinco minutos después se escucharon una serie de disparos que nadie alcanzó a contar, lo único claro es que eran más de cinco. Todos nos quedamos preguntando que habría pasado.
Transcurridos otros diez, la mayoría de los contertulios habituales de la casa comenzamos a preguntarnos se los balazos habrían sido para el mono, si en ese caso se habría volado o que habría pasado. Lo cierto es que el mono no llegaba. A las cuatro de la mañana, el comprador frustrado me solicitó uno de mis basucos en préstamo “mientras viene el mono”. Creo que él como nosotros ya sabía que el mono no regresaría. Inmediatamente le dije que no y agradecí interiormente que cualquiera que hubiera promovido el cambio de mandadero, éste se hubiera realizado.
A las 5 y media de la mañana, alguien se atrevió a salir de la casa por primera vez después de los balazos. Llegó diez minutos después, si señor, fue el mono. Lo persiguieron por Niquitao, se escondió debajo de un carro, aquí, en la cuadra de arriba, lo encontraron y le metieron siete balazos. En este momento los curiosos estaban esperando que vinieran a hacerle el levantamiento. Yo no me lo creía, me salve nuevamente. La verdad es que cualquiera de nosotros, los basuqueros de entonces, nos hubiéramos hecho matar por ganarnos un basuco. ¡Que tristeza! Julián fue uno de los que fue por la tarde a la morgue a identificarlo y vino impresionado por la familia del mono, eran cinco hermanos, todos profesionales y de buena posición social. Con seguridad que agradecieron que su problema se hubiera terminado. La realidad es que el no era ningún problema para nadie, excepto para si mismo. Su vida era un desperdicio y un dolor de cabeza ocasional para su familia y nada más. Por eso, ahora que salí de allí, me siguen dando rabia las llamadas limpiezas sociales.
- Don Juan, que si quiere ir comprar 10 y le dan uno.
- Claro Alberto, listo
- Espéreme, voy por la plata
Esperé unos dos o tres minutos y volvió Alberto con cara de circunstancias:
- No don Juan, va a ir el mono. Bregué mucho para que lo mandaran a usted, pero el mono se impuso y como la Rosa es la que manda.
- Tranquilo Alberto, que se va a hacer.
Con esa frase ocultaba mi frustración. Un basuco es un basuco y acababa de perderlo. Nada me importaba que la calle estuviera completamente a oscuras, ni que esa compra fuera en las ollas de Niquitao, ni que todos los días mataran una o dos personas en esa zona.
En esos momentos llegó el mono hasta la puerta, me miró con socarronería y se marchó a hacer su vuelta.
Cinco minutos después se escucharon una serie de disparos que nadie alcanzó a contar, lo único claro es que eran más de cinco. Todos nos quedamos preguntando que habría pasado.
Transcurridos otros diez, la mayoría de los contertulios habituales de la casa comenzamos a preguntarnos se los balazos habrían sido para el mono, si en ese caso se habría volado o que habría pasado. Lo cierto es que el mono no llegaba. A las cuatro de la mañana, el comprador frustrado me solicitó uno de mis basucos en préstamo “mientras viene el mono”. Creo que él como nosotros ya sabía que el mono no regresaría. Inmediatamente le dije que no y agradecí interiormente que cualquiera que hubiera promovido el cambio de mandadero, éste se hubiera realizado.
A las 5 y media de la mañana, alguien se atrevió a salir de la casa por primera vez después de los balazos. Llegó diez minutos después, si señor, fue el mono. Lo persiguieron por Niquitao, se escondió debajo de un carro, aquí, en la cuadra de arriba, lo encontraron y le metieron siete balazos. En este momento los curiosos estaban esperando que vinieran a hacerle el levantamiento. Yo no me lo creía, me salve nuevamente. La verdad es que cualquiera de nosotros, los basuqueros de entonces, nos hubiéramos hecho matar por ganarnos un basuco. ¡Que tristeza! Julián fue uno de los que fue por la tarde a la morgue a identificarlo y vino impresionado por la familia del mono, eran cinco hermanos, todos profesionales y de buena posición social. Con seguridad que agradecieron que su problema se hubiera terminado. La realidad es que el no era ningún problema para nadie, excepto para si mismo. Su vida era un desperdicio y un dolor de cabeza ocasional para su familia y nada más. Por eso, ahora que salí de allí, me siguen dando rabia las llamadas limpiezas sociales.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Elegancia
¡Es una elegancia!, Si señor ese man es una elegancia. Esa frase ahorraba adjetivos laudatorios en la descripción de las características de una persona.
Cuando llegué a esa casa y todo el mundo llamaba Elegancia a un tipo desmirriado, y con todo el aspecto de una serpiente cascabel, me quedé de una pieza y me pregunté, y aun me los sigo preguntando, la razón de tan inapropiado sobrenombre. El señor ese no se destacaba absolutamente por nada. En orden de importancia lo que se le veía por encimita era:
• Un gay que se avergonzaba de serlo, aparentando ser muy hombre, esos me aterran. Si son maricas que no enronquezcan la voz
• Un escapero, esa era su profesión.
• Un azarador permanente. Todas sus palabras estaban destinada a aterrorizar el vecino que se encontrara cerca.
• Por último, y lo más notorio, un basuqero de tiempo completo.
En esos tiempos en que lo conocí, me mantenía en casa de Miguel el mueco, era este un mandadero cuya persistencia en trepar socialmente lo había llevado a ser el dueño de la casa a donde acudíamos, entre otros, Elegancia y yo diariamente. Él lo trataba como mi apá y yo simplemente le decía Miguel. Este se había hecho sacar la dentadura, completa, para dizque no volver a tener dolores de muelas y lo consiguió de esta manera radical.
Miguel se surtía con mercancía muy acreditada entre los usuarios del servicio y cobraba la calidad duplicándonos el precio a nosotros sus sufridos y aguantadores clientes. En esos días me resultaron buenos ingresos por mis trabajos como programador de computadores. Le vendí un programa de computadores a un curita en el barrio 12 de octubre y este diariamente, mientras ponía a funcionar el sistema, me abonaba entre 25 y cuarenta mil pesos que religiosamente se quedaban donde el mueco. Vendí otro de mis programas a un investigador de mercados y el dinero tuvo el mismo destino, le vendí el sistema del cura al párroco de una iglesia en Sabaneta y este negocio marcó el comienzo del fin de mis viajes donde el mueco. Creo que después de esta historia ya no volví a encerrarme en ninguna casa a fumar basuca. Lo hacia recorriendo las calles de Medellín y algunos municipios vecinos.
Como venía diciendo, el mueco traía la basuca de un proveedor muy acreditado y en esos días de mi historia accedió, después de muchas negativas, a comprar una libra que un señor había traído del sur de Colombia, lo cierto es que la compró y se dedicó durante algunos días a empacar su propia mercancía. Esto, por supuesto, le traía más riesgos que comprándola ya organizada a un proveedor externo. Un día, por cierto el mismo en que logré que el curita de Sabaneta me cancelara el programa que le había vendido, estábamos todos reunidos fumando unos más que otros, pero todos lo hacíamos con la misma ansiedad de siempre, Elegancia estaba con un tipo que yo por lo menos no conocía y por casualidad nos encontramos en uno de los salones de la casa. Como siempre acostumbraba se dedicó a conversar con su amigo de una manera criptográfica, dejando deslizar ocasionalmente frases en las que sin mencionarme, me agredía y me hacía conocer veladamente amenazas que no podía comprender. Por fin, no se aguantó y le dijo directamente a su amigo: Hoy si es el último día que Juan B. viene a esta casa. Ya está todo listo. Yo me retiré de la sala, tratando de no demostrar el susto que tenía. El vivía en esas, aunque era la primera vez que lo hacía de esa manera tan directa.
La plata que me había pagado el cura ya se había terminado, a no ser por dos o tres mil pesos que siempre escondía para el amanecer, como en algunas otras ocasiones Miguel me había fiado para que siguiera fumando lentamente. Estaba la parranda en todo su apogeo cuando casi tumban la puerta de los golpes tan tesos que le estaban dando y comenzaron a gritar repetidamente ¡Abran la puerta! Todo el mundo a sus puestos, inmediatamente se vio que era la policía y todos corrimos a esconder los cosos que teníamos. Mi apá le ordenó a sus hombres que escondieran lo armado y lo que quedaba de la libra de basuca. Nos llevaron a todos para la sala y nos dieron elementos para aparentar que estábamos trabajando en la pintura de cerámicas. A todos nos tocó ensuciarnos con la pintura que nos fue entregada junto con pinceles, brochas y artesanías.
Cuando todo estaba organizado, mi apá, llamó a un teléfono de un alto oficial de la policía que se lo había dejado porque la última vez que entró la policía se presentaron abusos que el oportunamente denunció, 30 segundos después de comunicarse con él, dio la orden y le abrieron la puerta a la policía. Entraron insultando y gritándole a todo el mundo, mi apá tranquilamente le dijo al oficial que le reclamaba por la demora en abrir:
- Por favor, que pase al teléfono.
- Cual teléfono ni que putas. No tengo que hablar con nadie.
- Vea señor, es su jefe, por favor puede pasar. El oficial desconcertado tomó el teléfono y no se la creía cuando efectivamente era su superior jerárquico.
Después de la conversación, cesó en sus insultos, no se creyó el cuento de las cerámicas, sin embargo, al no encontrar nada después de mucho buscar, se retiró muerto de la rabia con todos sus poliches.
Cuando se fueron, me dio miedo, y empecé a decirle a todo el que me encontraba que con seguridad eso era un soplón, lo hice para alejar cualquier sospecha y lo único que conseguí fue confirmar la trampa que Elegancia hábilmente había organizado contra mí.
Pocas veces he sentido el miedo que me dio ese amanecer. Seguimos fumando, una vieja siguió pegada de mis plones, todos los demás se retiraron discretamente de quien todos, incluido el suscrito, sabíamos que estaba condenado.
No se cual será el sistema de comunicación que se establece para sin decir una palabra todo el mundo sepa lo que está pasando y peor aun, lo que va a pasar.
Unas tres horas después de irse la policía, tocaron a la puerta. Cada que tocaban yo miraba expectante quien era el que iba a entrar y en esta ocasión cuando vi el señor que entró tuve la seguridad de que ese era el sicario encargado de hacerle el trabajito a Miguel, todo generado por la película que elegancia le monto al mueco. Para certificar mi pálpito, la pecosa, quien continuaba acompañándome, se retiró bruscamente de mi lado dejándome sólo. El señor apenas entró subió donde Miguel y bajó diez minutos después, dirigiéndose hacia el sitio donde yo estaba. Sin dejarlo llegar salí inmediatamente hacia donde el mueco. Su puerta estaba abierta y vi su sorpresa porque nunca imaginó que subiría a hablar con él.
- Miguel, le dije, ¿qué pasa? ¿Por qué me van a matar?
- Oigan a este, me dijo. ¿Por qué crees que te van a matar?
- Yo se. ¿quién es el responsable de que viniera la policía? ¿qué te dijo Elegancia?
- El dijo que usted fue con un curita de Sabaneta a poner una denuncia contra esta casa porque aquí vendían basuca
- He ave María, ¿y él cómo supo del curita de Sabaneta?
- Yo no se, pero no se preocupe que nadie lo va a matar.
- No le creí y le dije
- Miguel, lo que uno hace se lo cobra la vida, no se le olvide. En ese momento intervino su mujer, la bizca Rosalba y dijo:
- Si mijo, eso que dice Juan B es verdad
Salí de la pieza y baje las escalas, al bajar sentí un silencio tan profundo que me devolví apresuradamente para donde Miguel pero el había cerrado la puerta y no me quiso abrir. Sin decir una palabra me dirigí a la azotea de la casa, rogando porque la fiera de perro que Miguel tenía estuviera encerrada. No la sentí y me dirigí al techo saltando rápidamente los dos pisos que me separaban de la calle. Al llegar al segundo, salí al techo de un parqueadero y mientras pensaba como saltar, se quebró una teja y caí sobre una moto del parqueadero. Inmediatamente llegó uno de los funcionarios del parqueadero. Me sujetó y me reclamó airadamente por la teja y el golpe a la moto. Le rogué desesperadamente porque me dejará salir contándole que me iban a matar. No se compadeció, le insistí y le insistí diciéndole que aunque no tenía plata me dejará hacer una llamada y yo se la conseguía. En esas estaba cuando me dio por mirar hacia la casa de donde me había volado y los vi a todos en el muro, supuse que ya estaba que llegaba el sicario y ellos se agarraron a gritar:
- No le crea nada y no lo deje ir
Ellos que gritan eso y aun hoy no se que pasó. Cinco segundos después estaba yo en la calle corriendo lo más lejos posible de esa casa. Me fui recorriendo las calles de manera que no me encontraran al perseguirme. No miré una sola vez para atrás hasta llegar al barrio Guayaquil, distante unas quince cuadras de donde me encontraba. Allí me metí a una olla que conocía, compre dos cosos con dos mil pesos que tenia guardados y me los fume, junto con los que me quedaban de donde Miguel. Con mucho miedo, salí unas dos horas después, llamé a un amigo y le conté el peligro en que estaba. En ese momento me di cuenta de que tenía sangre en la cabeza y el hombro me dolía mucho. Fui donde mi amigo en un taxi que el me pagó. Allí conversamos y se ofreció a llevarme a Policlínica, pasamos por la casa dónde yo vivía y a la distancia vi a Miguel el mueco con uno de los contertulios de su casa, iban por la zona donde yo vivía y supuse que estaban buscándome. El no sabía exactamente donde pero si conocía la zona. Me agache, le comente a mi amigo y seguimos para policlínica. No me di cuenta de la ruta hasta que íbamos a pasar exactamente por la casa de Miguel, me aterroricé y lo regañé por imprudente. ¡Que descaro el mío! No se inmutó y siguió conmigo hasta policlínica. Me atendieron y afortunadamente no me había pasado nada serio.
¿Qué hacer? No tenía a donde ir, pues no pensaba volver a mi sitio de residencia, ninguno de mis familiares me recibía en su casa y no tenía, en síntesis a donde ir. Una de mis hermanas se condolió y me consiguió con un curita amigo una finca donde me fui a vivir por dos meses largos. Después de este tiempo, cómo es la locura de un adicto, volví a la casa de Miguel el mueco. Fui aproximadamente unos tres meses más y por las cosas que me pasaron no volví a fumar encerrado en una casa. Era incapaz de aguantar la psicosis que me producía estar encerrado.
Cuando llegué a esa casa y todo el mundo llamaba Elegancia a un tipo desmirriado, y con todo el aspecto de una serpiente cascabel, me quedé de una pieza y me pregunté, y aun me los sigo preguntando, la razón de tan inapropiado sobrenombre. El señor ese no se destacaba absolutamente por nada. En orden de importancia lo que se le veía por encimita era:
• Un gay que se avergonzaba de serlo, aparentando ser muy hombre, esos me aterran. Si son maricas que no enronquezcan la voz
• Un escapero, esa era su profesión.
• Un azarador permanente. Todas sus palabras estaban destinada a aterrorizar el vecino que se encontrara cerca.
• Por último, y lo más notorio, un basuqero de tiempo completo.
En esos tiempos en que lo conocí, me mantenía en casa de Miguel el mueco, era este un mandadero cuya persistencia en trepar socialmente lo había llevado a ser el dueño de la casa a donde acudíamos, entre otros, Elegancia y yo diariamente. Él lo trataba como mi apá y yo simplemente le decía Miguel. Este se había hecho sacar la dentadura, completa, para dizque no volver a tener dolores de muelas y lo consiguió de esta manera radical.
Miguel se surtía con mercancía muy acreditada entre los usuarios del servicio y cobraba la calidad duplicándonos el precio a nosotros sus sufridos y aguantadores clientes. En esos días me resultaron buenos ingresos por mis trabajos como programador de computadores. Le vendí un programa de computadores a un curita en el barrio 12 de octubre y este diariamente, mientras ponía a funcionar el sistema, me abonaba entre 25 y cuarenta mil pesos que religiosamente se quedaban donde el mueco. Vendí otro de mis programas a un investigador de mercados y el dinero tuvo el mismo destino, le vendí el sistema del cura al párroco de una iglesia en Sabaneta y este negocio marcó el comienzo del fin de mis viajes donde el mueco. Creo que después de esta historia ya no volví a encerrarme en ninguna casa a fumar basuca. Lo hacia recorriendo las calles de Medellín y algunos municipios vecinos.
Como venía diciendo, el mueco traía la basuca de un proveedor muy acreditado y en esos días de mi historia accedió, después de muchas negativas, a comprar una libra que un señor había traído del sur de Colombia, lo cierto es que la compró y se dedicó durante algunos días a empacar su propia mercancía. Esto, por supuesto, le traía más riesgos que comprándola ya organizada a un proveedor externo. Un día, por cierto el mismo en que logré que el curita de Sabaneta me cancelara el programa que le había vendido, estábamos todos reunidos fumando unos más que otros, pero todos lo hacíamos con la misma ansiedad de siempre, Elegancia estaba con un tipo que yo por lo menos no conocía y por casualidad nos encontramos en uno de los salones de la casa. Como siempre acostumbraba se dedicó a conversar con su amigo de una manera criptográfica, dejando deslizar ocasionalmente frases en las que sin mencionarme, me agredía y me hacía conocer veladamente amenazas que no podía comprender. Por fin, no se aguantó y le dijo directamente a su amigo: Hoy si es el último día que Juan B. viene a esta casa. Ya está todo listo. Yo me retiré de la sala, tratando de no demostrar el susto que tenía. El vivía en esas, aunque era la primera vez que lo hacía de esa manera tan directa.
La plata que me había pagado el cura ya se había terminado, a no ser por dos o tres mil pesos que siempre escondía para el amanecer, como en algunas otras ocasiones Miguel me había fiado para que siguiera fumando lentamente. Estaba la parranda en todo su apogeo cuando casi tumban la puerta de los golpes tan tesos que le estaban dando y comenzaron a gritar repetidamente ¡Abran la puerta! Todo el mundo a sus puestos, inmediatamente se vio que era la policía y todos corrimos a esconder los cosos que teníamos. Mi apá le ordenó a sus hombres que escondieran lo armado y lo que quedaba de la libra de basuca. Nos llevaron a todos para la sala y nos dieron elementos para aparentar que estábamos trabajando en la pintura de cerámicas. A todos nos tocó ensuciarnos con la pintura que nos fue entregada junto con pinceles, brochas y artesanías.
Cuando todo estaba organizado, mi apá, llamó a un teléfono de un alto oficial de la policía que se lo había dejado porque la última vez que entró la policía se presentaron abusos que el oportunamente denunció, 30 segundos después de comunicarse con él, dio la orden y le abrieron la puerta a la policía. Entraron insultando y gritándole a todo el mundo, mi apá tranquilamente le dijo al oficial que le reclamaba por la demora en abrir:
- Por favor, que pase al teléfono.
- Cual teléfono ni que putas. No tengo que hablar con nadie.
- Vea señor, es su jefe, por favor puede pasar. El oficial desconcertado tomó el teléfono y no se la creía cuando efectivamente era su superior jerárquico.
Después de la conversación, cesó en sus insultos, no se creyó el cuento de las cerámicas, sin embargo, al no encontrar nada después de mucho buscar, se retiró muerto de la rabia con todos sus poliches.
Cuando se fueron, me dio miedo, y empecé a decirle a todo el que me encontraba que con seguridad eso era un soplón, lo hice para alejar cualquier sospecha y lo único que conseguí fue confirmar la trampa que Elegancia hábilmente había organizado contra mí.
Pocas veces he sentido el miedo que me dio ese amanecer. Seguimos fumando, una vieja siguió pegada de mis plones, todos los demás se retiraron discretamente de quien todos, incluido el suscrito, sabíamos que estaba condenado.
No se cual será el sistema de comunicación que se establece para sin decir una palabra todo el mundo sepa lo que está pasando y peor aun, lo que va a pasar.
Unas tres horas después de irse la policía, tocaron a la puerta. Cada que tocaban yo miraba expectante quien era el que iba a entrar y en esta ocasión cuando vi el señor que entró tuve la seguridad de que ese era el sicario encargado de hacerle el trabajito a Miguel, todo generado por la película que elegancia le monto al mueco. Para certificar mi pálpito, la pecosa, quien continuaba acompañándome, se retiró bruscamente de mi lado dejándome sólo. El señor apenas entró subió donde Miguel y bajó diez minutos después, dirigiéndose hacia el sitio donde yo estaba. Sin dejarlo llegar salí inmediatamente hacia donde el mueco. Su puerta estaba abierta y vi su sorpresa porque nunca imaginó que subiría a hablar con él.
- Miguel, le dije, ¿qué pasa? ¿Por qué me van a matar?
- Oigan a este, me dijo. ¿Por qué crees que te van a matar?
- Yo se. ¿quién es el responsable de que viniera la policía? ¿qué te dijo Elegancia?
- El dijo que usted fue con un curita de Sabaneta a poner una denuncia contra esta casa porque aquí vendían basuca
- He ave María, ¿y él cómo supo del curita de Sabaneta?
- Yo no se, pero no se preocupe que nadie lo va a matar.
- No le creí y le dije
- Miguel, lo que uno hace se lo cobra la vida, no se le olvide. En ese momento intervino su mujer, la bizca Rosalba y dijo:
- Si mijo, eso que dice Juan B es verdad
Salí de la pieza y baje las escalas, al bajar sentí un silencio tan profundo que me devolví apresuradamente para donde Miguel pero el había cerrado la puerta y no me quiso abrir. Sin decir una palabra me dirigí a la azotea de la casa, rogando porque la fiera de perro que Miguel tenía estuviera encerrada. No la sentí y me dirigí al techo saltando rápidamente los dos pisos que me separaban de la calle. Al llegar al segundo, salí al techo de un parqueadero y mientras pensaba como saltar, se quebró una teja y caí sobre una moto del parqueadero. Inmediatamente llegó uno de los funcionarios del parqueadero. Me sujetó y me reclamó airadamente por la teja y el golpe a la moto. Le rogué desesperadamente porque me dejará salir contándole que me iban a matar. No se compadeció, le insistí y le insistí diciéndole que aunque no tenía plata me dejará hacer una llamada y yo se la conseguía. En esas estaba cuando me dio por mirar hacia la casa de donde me había volado y los vi a todos en el muro, supuse que ya estaba que llegaba el sicario y ellos se agarraron a gritar:
- No le crea nada y no lo deje ir
Ellos que gritan eso y aun hoy no se que pasó. Cinco segundos después estaba yo en la calle corriendo lo más lejos posible de esa casa. Me fui recorriendo las calles de manera que no me encontraran al perseguirme. No miré una sola vez para atrás hasta llegar al barrio Guayaquil, distante unas quince cuadras de donde me encontraba. Allí me metí a una olla que conocía, compre dos cosos con dos mil pesos que tenia guardados y me los fume, junto con los que me quedaban de donde Miguel. Con mucho miedo, salí unas dos horas después, llamé a un amigo y le conté el peligro en que estaba. En ese momento me di cuenta de que tenía sangre en la cabeza y el hombro me dolía mucho. Fui donde mi amigo en un taxi que el me pagó. Allí conversamos y se ofreció a llevarme a Policlínica, pasamos por la casa dónde yo vivía y a la distancia vi a Miguel el mueco con uno de los contertulios de su casa, iban por la zona donde yo vivía y supuse que estaban buscándome. El no sabía exactamente donde pero si conocía la zona. Me agache, le comente a mi amigo y seguimos para policlínica. No me di cuenta de la ruta hasta que íbamos a pasar exactamente por la casa de Miguel, me aterroricé y lo regañé por imprudente. ¡Que descaro el mío! No se inmutó y siguió conmigo hasta policlínica. Me atendieron y afortunadamente no me había pasado nada serio.
¿Qué hacer? No tenía a donde ir, pues no pensaba volver a mi sitio de residencia, ninguno de mis familiares me recibía en su casa y no tenía, en síntesis a donde ir. Una de mis hermanas se condolió y me consiguió con un curita amigo una finca donde me fui a vivir por dos meses largos. Después de este tiempo, cómo es la locura de un adicto, volví a la casa de Miguel el mueco. Fui aproximadamente unos tres meses más y por las cosas que me pasaron no volví a fumar encerrado en una casa. Era incapaz de aguantar la psicosis que me producía estar encerrado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)