jueves, 17 de septiembre de 2009

Siete balazos por un bazuco

En aquella época, pleno apagón de Gaviria, me la pasaba , prácticamente todo el tiempo, en dos casas, una al lado de la otra, que quedaban en la carrera el Palo con la calle 42 de Medellín, cerca de la tenebrosa zona de Niquitao, en ninguna de las dos vendían basuca aunque en las dos nos manteníamos fumándola. Los que tenían mucha plata mandaban comprar la basuca a los que no tenían, pocas cosas se agradecían más que el hecho de que uno fuera el escogido para ir a comprarla, eso implicaba un basuco para el mandadero. Una noche, a eso de las tres de la mañana, me quedaban seis basucos para fumármelos mientras amanecía y los estaba tasando como se tasan los tesoros que no han de volver, en esas me dijo el marica Alberto:
- Don Juan, que si quiere ir comprar 10 y le dan uno.
- Claro Alberto, listo
- Espéreme, voy por la plata
Esperé unos dos o tres minutos y volvió Alberto con cara de circunstancias:
- No don Juan, va a ir el mono. Bregué mucho para que lo mandaran a usted, pero el mono se impuso y como la Rosa es la que manda.
- Tranquilo Alberto, que se va a hacer.

Con esa frase ocultaba mi frustración. Un basuco es un basuco y acababa de perderlo. Nada me importaba que la calle estuviera completamente a oscuras, ni que esa compra fuera en las ollas de Niquitao, ni que todos los días mataran una o dos personas en esa zona.

En esos momentos llegó el mono hasta la puerta, me miró con socarronería y se marchó a hacer su vuelta.

Cinco minutos después se escucharon una serie de disparos que nadie alcanzó a contar, lo único claro es que eran más de cinco. Todos nos quedamos preguntando que habría pasado.

Transcurridos otros diez, la mayoría de los contertulios habituales de la casa comenzamos a preguntarnos se los balazos habrían sido para el mono, si en ese caso se habría volado o que habría pasado. Lo cierto es que el mono no llegaba. A las cuatro de la mañana, el comprador frustrado me solicitó uno de mis basucos en préstamo “mientras viene el mono”. Creo que él como nosotros ya sabía que el mono no regresaría. Inmediatamente le dije que no y agradecí interiormente que cualquiera que hubiera promovido el cambio de mandadero, éste se hubiera realizado.

A las 5 y media de la mañana, alguien se atrevió a salir de la casa por primera vez después de los balazos. Llegó diez minutos después, si señor, fue el mono. Lo persiguieron por Niquitao, se escondió debajo de un carro, aquí, en la cuadra de arriba, lo encontraron y le metieron siete balazos. En este momento los curiosos estaban esperando que vinieran a hacerle el levantamiento. Yo no me lo creía, me salve nuevamente. La verdad es que cualquiera de nosotros, los basuqueros de entonces, nos hubiéramos hecho matar por ganarnos un basuco. ¡Que tristeza! Julián fue uno de los que fue por la tarde a la morgue a identificarlo y vino impresionado por la familia del mono, eran cinco hermanos, todos profesionales y de buena posición social. Con seguridad que agradecieron que su problema se hubiera terminado. La realidad es que el no era ningún problema para nadie, excepto para si mismo. Su vida era un desperdicio y un dolor de cabeza ocasional para su familia y nada más. Por eso, ahora que salí de allí, me siguen dando rabia las llamadas limpiezas sociales.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Elegancia

¡Es una elegancia!, Si señor ese man es una elegancia. Esa frase ahorraba adjetivos laudatorios en la descripción de las características de una persona.

Cuando llegué a esa casa y todo el mundo llamaba Elegancia a un tipo desmirriado, y con todo el aspecto de una serpiente cascabel, me quedé de una pieza y me pregunté, y aun me los sigo preguntando, la razón de tan inapropiado sobrenombre. El señor ese no se destacaba absolutamente por nada. En orden de importancia lo que se le veía por encimita era:

• Un gay que se avergonzaba de serlo, aparentando ser muy hombre, esos me aterran. Si son maricas que no enronquezcan la voz
• Un escapero, esa era su profesión.
• Un azarador permanente. Todas sus palabras estaban destinada a aterrorizar el vecino que se encontrara cerca.
• Por último, y lo más notorio, un basuqero de tiempo completo.

En esos tiempos en que lo conocí, me mantenía en casa de Miguel el mueco, era este un mandadero cuya persistencia en trepar socialmente lo había llevado a ser el dueño de la casa a donde acudíamos, entre otros, Elegancia y yo diariamente. Él lo trataba como mi apá y yo simplemente le decía Miguel. Este se había hecho sacar la dentadura, completa, para dizque no volver a tener dolores de muelas y lo consiguió de esta manera radical.

Miguel se surtía con mercancía muy acreditada entre los usuarios del servicio y cobraba la calidad duplicándonos el precio a nosotros sus sufridos y aguantadores clientes. En esos días me resultaron buenos ingresos por mis trabajos como programador de computadores. Le vendí un programa de computadores a un curita en el barrio 12 de octubre y este diariamente, mientras ponía a funcionar el sistema, me abonaba entre 25 y cuarenta mil pesos que religiosamente se quedaban donde el mueco. Vendí otro de mis programas a un investigador de mercados y el dinero tuvo el mismo destino, le vendí el sistema del cura al párroco de una iglesia en Sabaneta y este negocio marcó el comienzo del fin de mis viajes donde el mueco. Creo que después de esta historia ya no volví a encerrarme en ninguna casa a fumar basuca. Lo hacia recorriendo las calles de Medellín y algunos municipios vecinos.

Como venía diciendo, el mueco traía la basuca de un proveedor muy acreditado y en esos días de mi historia accedió, después de muchas negativas, a comprar una libra que un señor había traído del sur de Colombia, lo cierto es que la compró y se dedicó durante algunos días a empacar su propia mercancía. Esto, por supuesto, le traía más riesgos que comprándola ya organizada a un proveedor externo. Un día, por cierto el mismo en que logré que el curita de Sabaneta me cancelara el programa que le había vendido, estábamos todos reunidos fumando unos más que otros, pero todos lo hacíamos con la misma ansiedad de siempre, Elegancia estaba con un tipo que yo por lo menos no conocía y por casualidad nos encontramos en uno de los salones de la casa. Como siempre acostumbraba se dedicó a conversar con su amigo de una manera criptográfica, dejando deslizar ocasionalmente frases en las que sin mencionarme, me agredía y me hacía conocer veladamente amenazas que no podía comprender. Por fin, no se aguantó y le dijo directamente a su amigo: Hoy si es el último día que Juan B. viene a esta casa. Ya está todo listo. Yo me retiré de la sala, tratando de no demostrar el susto que tenía. El vivía en esas, aunque era la primera vez que lo hacía de esa manera tan directa.

La plata que me había pagado el cura ya se había terminado, a no ser por dos o tres mil pesos que siempre escondía para el amanecer, como en algunas otras ocasiones Miguel me había fiado para que siguiera fumando lentamente. Estaba la parranda en todo su apogeo cuando casi tumban la puerta de los golpes tan tesos que le estaban dando y comenzaron a gritar repetidamente ¡Abran la puerta! Todo el mundo a sus puestos, inmediatamente se vio que era la policía y todos corrimos a esconder los cosos que teníamos. Mi apá le ordenó a sus hombres que escondieran lo armado y lo que quedaba de la libra de basuca. Nos llevaron a todos para la sala y nos dieron elementos para aparentar que estábamos trabajando en la pintura de cerámicas. A todos nos tocó ensuciarnos con la pintura que nos fue entregada junto con pinceles, brochas y artesanías.

Cuando todo estaba organizado, mi apá, llamó a un teléfono de un alto oficial de la policía que se lo había dejado porque la última vez que entró la policía se presentaron abusos que el oportunamente denunció, 30 segundos después de comunicarse con él, dio la orden y le abrieron la puerta a la policía. Entraron insultando y gritándole a todo el mundo, mi apá tranquilamente le dijo al oficial que le reclamaba por la demora en abrir:

- Por favor, que pase al teléfono.
- Cual teléfono ni que putas. No tengo que hablar con nadie.
- Vea señor, es su jefe, por favor puede pasar. El oficial desconcertado tomó el teléfono y no se la creía cuando efectivamente era su superior jerárquico.

Después de la conversación, cesó en sus insultos, no se creyó el cuento de las cerámicas, sin embargo, al no encontrar nada después de mucho buscar, se retiró muerto de la rabia con todos sus poliches.

Cuando se fueron, me dio miedo, y empecé a decirle a todo el que me encontraba que con seguridad eso era un soplón, lo hice para alejar cualquier sospecha y lo único que conseguí fue confirmar la trampa que Elegancia hábilmente había organizado contra mí.

Pocas veces he sentido el miedo que me dio ese amanecer. Seguimos fumando, una vieja siguió pegada de mis plones, todos los demás se retiraron discretamente de quien todos, incluido el suscrito, sabíamos que estaba condenado.

No se cual será el sistema de comunicación que se establece para sin decir una palabra todo el mundo sepa lo que está pasando y peor aun, lo que va a pasar.

Unas tres horas después de irse la policía, tocaron a la puerta. Cada que tocaban yo miraba expectante quien era el que iba a entrar y en esta ocasión cuando vi el señor que entró tuve la seguridad de que ese era el sicario encargado de hacerle el trabajito a Miguel, todo generado por la película que elegancia le monto al mueco. Para certificar mi pálpito, la pecosa, quien continuaba acompañándome, se retiró bruscamente de mi lado dejándome sólo. El señor apenas entró subió donde Miguel y bajó diez minutos después, dirigiéndose hacia el sitio donde yo estaba. Sin dejarlo llegar salí inmediatamente hacia donde el mueco. Su puerta estaba abierta y vi su sorpresa porque nunca imaginó que subiría a hablar con él.

- Miguel, le dije, ¿qué pasa? ¿Por qué me van a matar?
- Oigan a este, me dijo. ¿Por qué crees que te van a matar?
- Yo se. ¿quién es el responsable de que viniera la policía? ¿qué te dijo Elegancia?
- El dijo que usted fue con un curita de Sabaneta a poner una denuncia contra esta casa porque aquí vendían basuca
- He ave María, ¿y él cómo supo del curita de Sabaneta?
- Yo no se, pero no se preocupe que nadie lo va a matar.
- No le creí y le dije
- Miguel, lo que uno hace se lo cobra la vida, no se le olvide. En ese momento intervino su mujer, la bizca Rosalba y dijo:
- Si mijo, eso que dice Juan B es verdad

Salí de la pieza y baje las escalas, al bajar sentí un silencio tan profundo que me devolví apresuradamente para donde Miguel pero el había cerrado la puerta y no me quiso abrir. Sin decir una palabra me dirigí a la azotea de la casa, rogando porque la fiera de perro que Miguel tenía estuviera encerrada. No la sentí y me dirigí al techo saltando rápidamente los dos pisos que me separaban de la calle. Al llegar al segundo, salí al techo de un parqueadero y mientras pensaba como saltar, se quebró una teja y caí sobre una moto del parqueadero. Inmediatamente llegó uno de los funcionarios del parqueadero. Me sujetó y me reclamó airadamente por la teja y el golpe a la moto. Le rogué desesperadamente porque me dejará salir contándole que me iban a matar. No se compadeció, le insistí y le insistí diciéndole que aunque no tenía plata me dejará hacer una llamada y yo se la conseguía. En esas estaba cuando me dio por mirar hacia la casa de donde me había volado y los vi a todos en el muro, supuse que ya estaba que llegaba el sicario y ellos se agarraron a gritar:
- No le crea nada y no lo deje ir

Ellos que gritan eso y aun hoy no se que pasó. Cinco segundos después estaba yo en la calle corriendo lo más lejos posible de esa casa. Me fui recorriendo las calles de manera que no me encontraran al perseguirme. No miré una sola vez para atrás hasta llegar al barrio Guayaquil, distante unas quince cuadras de donde me encontraba. Allí me metí a una olla que conocía, compre dos cosos con dos mil pesos que tenia guardados y me los fume, junto con los que me quedaban de donde Miguel. Con mucho miedo, salí unas dos horas después, llamé a un amigo y le conté el peligro en que estaba. En ese momento me di cuenta de que tenía sangre en la cabeza y el hombro me dolía mucho. Fui donde mi amigo en un taxi que el me pagó. Allí conversamos y se ofreció a llevarme a Policlínica, pasamos por la casa dónde yo vivía y a la distancia vi a Miguel el mueco con uno de los contertulios de su casa, iban por la zona donde yo vivía y supuse que estaban buscándome. El no sabía exactamente donde pero si conocía la zona. Me agache, le comente a mi amigo y seguimos para policlínica. No me di cuenta de la ruta hasta que íbamos a pasar exactamente por la casa de Miguel, me aterroricé y lo regañé por imprudente. ¡Que descaro el mío! No se inmutó y siguió conmigo hasta policlínica. Me atendieron y afortunadamente no me había pasado nada serio.
¿Qué hacer? No tenía a donde ir, pues no pensaba volver a mi sitio de residencia, ninguno de mis familiares me recibía en su casa y no tenía, en síntesis a donde ir. Una de mis hermanas se condolió y me consiguió con un curita amigo una finca donde me fui a vivir por dos meses largos. Después de este tiempo, cómo es la locura de un adicto, volví a la casa de Miguel el mueco. Fui aproximadamente unos tres meses más y por las cosas que me pasaron no volví a fumar encerrado en una casa. Era incapaz de aguantar la psicosis que me producía estar encerrado.

martes, 25 de agosto de 2009

Un trabajo urgente

El trabajo lo había comenzado a tabular a mediados de diciembre y nadie me advirtió de la necesidad de terminarlo antes del 30. Trabajé muy relajado en esa tabulación y en la semana del 24 me perdí de la oficina, como la hice en muchas ocasiones anteriores.
Fue el 22 cuando salí de la oficina con cincuenta mil pesos que logré sacarle a Álvaro y el dinero como siempre se fue en cuatro o cinco horas, después seguí fumando basuca con los escasos recursos que conseguía con los amigos que todavía se dejaban molestar, eso nada me importaba, estaba muy acostumbrado.
El 26, en las horas de la mañana, caminaba sin esperanzas cerca de la plaza donde acostumbraba mercar, por más que pensaba no lograba encontrar un sitio ni un amigo con quien conseguirme un peso. Nada más lejos de mi mente que el trabajo que tenía suspendido. En esas sentí un pito que tocaba y tocaba insistentemente sin que a mi se me ocurriera mirar. ¿Quién me iba a pitar a mí?
Entonces escuché que alguien me llamaba insistentemente:
- Juan, Juan. Volteé a mirar y, para mi profunda tristeza, al frente se encontraba Álvaro, el amigo que me había encargado la tabulación. Tenía tanta pena que no me atrevía ni a mirarlo.
- Juan, montate por favor. Me monté y el siguió:
- Juan, ¿qué te pasa? Estoy urgido de ese trabajo, la señora se va el primero de enero para Inglaterra y debido a tu demora logró que le concedieran una cita extraordinaria el 31, imagínate, por la fecha, la urgencia que tienen. No me causés más perjuicios.
- ¿Tenés demasiada ansiedad?, - Me preguntó
- Sí Álvaro, estoy desesperado por fumar de esa cosa. Sobra decir que, cuando el me hizo la pregunta, inmediatamente vi que tenía la oportunidad de conseguir con qué seguir fumando.
- Hagamos una cosa, me dijo. Te vas para la oficina a terminar el trabajo, llevás la basuca que querás y fumas allá, trabajando, hasta que termines. ¿Podés trabajar fumando?
- Claro que sí.
- Si se te acaba, me llamás a la hora que sea y vamos a comprar para que no te me volés. Eso sí, te dejo encerrado.
- Listo Álvaro
Dicho y hecho, salimos inmediatamente para la cercana plaza donde yo mercaba y allí para sorpresa de mi jíbaro preferido, al cual le estaba rogando hacia 20 minutos que me fiara un coso, llegué en carro y, sin preámbulos, comprando 30 cosos.
Nos fuimos inmediatamente para la oficina. Me dejó instalado con la recomendación de que lo llamará apenas se me acabará, cerró la puerta y se fue.
Yo no me la creía. Desesperadamente me fui para la oficina, me ubiqué en que punto del trabajo había quedado y ¡a trabajar!
El trabajo consistía en la tabulación de una encuesta orientada a seleccionar el logo de una empresa importantísima del municipio de Medellín cuyo lanzamiento ocurriría el 15 de febrero y los tiempos estaban limitadísimos para la impresión de lo todo lo relacionado con el logo.
Sabía exactamente qué debía hacer y mi trabajo era muy sencillo: programaba el computador para que trabajará unas dos horas y mientras el computador trabajaba yo fumaba y fumaba sin parar un minuto. Cada que terminaba una etapa de dos horas, paraba la fuma, programaba otras dos horas y arranque. Inmediatamente se me estaba acabando la basuca, llamaba a Álvaro e íbamos juntos por más. No importaba la hora del día o de la noche. Él siempre respondía a mi llamada. Lo llegué a buscar a las tres de la mañana y allí estaba a los veinte minutos.
En esas me la pasé durante cuatro días, no sobra comentar que no dormí un solo minuto, no lo necesitaba. Terminé mi trabajo, me pagaron los pocos pesos que me quedaron y ese día, después de tantas cagadas como le hice, Álvaro por fin tomó la sabia decisión de echarme para la quinta porra.
El trabajo quedo de primera, nada más estimulante que lo que mi amigo hizo para atraparme, a mi amigo, a quien la contrató y a la empresa del logo no les pudo ir mejor.

Después de esta experiencia con mi amigo mi good will en la plaza subió como espuma todos supieron que mi capacidad laboral era importante para por lo menos una persona, el jíbaro siguió confiando ciegamente en mí durante dos o tres semanas y se portaron conmigo como con un príncipe durante el mismo tiempo. No fue otra la razón por la cual acompañé siempre a Álvaro a comprar la basuca, mi estrategia resultó de maravilla. Álvaro, no faltaba más, dejó de darme trabajo durante unos dos años.

No volví más a su oficina aunque él nunca se alejó completamente de mí. Siempre estuvo y continúa estando conmigo. Conservo por él un cariño que me acompañara hasta la muerte. Su humanidad me impacta verdaderamente. Es el prototipo de las personas con las que cualquiera puede contar. Sólo el era capaz de comprender la intensidad de la ansiedad que obliga a un adicto a hacer cosas que realmente no quisiera hacer y aunque mi concepción de Dios sea es incierta, le pido en este momento que lo bendiga.

jueves, 13 de agosto de 2009

Una plaza

A pesar de llevar varios años en el mundo de la droga, no sabía lo que significaba la expresión: una plaza. Me dio mucha rabia cuando una amiga se dio cuenta de en que andaba yo y me preguntó sin preámbulos:

- Que hubo, ¿estabas mercando?
- ¿Mercando? ¿Cómo así?

Y no necesité más, en ese momento caí en cuenta de que era mercar y que era la tal plaza. No se que me dio más rabia, si la risita suya por lo que ella creía era fingida ignorancia o darme cuenta tan cruelmente de que todo el mundo conocía lo que yo tan celosamente callaba.

Comencé comprando por medio de terceros escogidos cuidadosamente, después, tímidamente, comencé a comprar sigilosamente en un expendió que conocí, después comencé a encerrarme en casas donde vendían basuca si saber nada de expresiones como plazas, ollas ni nada relacionado con ellas.

Cuando llegué a la primera plaza que conocí por ese nombre encontré: cuatro jíbaros, un edificio con cuatro apartamentos, otro con tres y cuatro casas más dónde se podían conseguir basuca y marihuana. Habían, además, dos negocios legales: una tienda y un taller de mecánica. Todo estaba localizado en una longitud de 20 metros: 10 sobre la carrera y otros diez sobre la calle.

Cada jíbaro tenía su clientela propia aunque la mayoría de quienes frecuentaban la plaza no tenían preferencias en sus compras. Los expendios no me atrevería a calificarlos de “ollas” pues no tenían su miseria, la gente no fumaba en cuclillas sino sentada en sillas y taburetes, había personal de un nivel social medio y aun en ocasiones llegaba gente de estratos altos; eran más casas de citas, los clientes compraban o mandaban comprar la basuca abajo, a los jíbaros, las casas obtenían la utilidad del licor y de las piezas que alquilaban aunque casi siempre la gente estaba más interesada en fumar basuca que en acostarse con una vieja.

No tengo ni idea de cuanta basuca vendían en esa plaza pero si observé, completamente asombrado, la cantidad de dinero que movían los jíbaros. No hay negocio, no puede haberlo, que mueva tanto dinero en menos espacio y mucho menos que tenga la rentabilidad que tiene esta plaga moderna.

Si yo fuera a hacer un cálculo de las ventas diarias, no las bajaría de cuatro millones de pesos y eso era mucha plata para venderla en veinte metros lineales con dos empleados de planta en el año de 1995.

Al principio suponía que los jíbaros ganaban mucho, pero después, me di cuenta que casi todo el dinero se quedaba en manos de los patronos. Me pasó como al menor de mis hijos cuando un día viajando en un bus urbano me preguntó que porque no trabajaba como chofer de bus y al mirarlo vi su mirada codiciosa sobre las manos del chofer llenas de billetes.


Dos meses, después de haber llegado, dieron una orden: todos los jíbaros tenían que abrirse. Tres días después sólo quedaba uno de los cuatro jíbaros: un primo de éste, seguramente bien informado, se abrió inmediatamente como lo habían ordenado , al otro día mataron a uno de los que se quedaron y al siguiente dejaron inválido al otro rebelde. Éste, después de una larga convalecencia, volvió al trabajo contra todos los pronósticos y también contra todos los pronósticos lo mataron un día después en su flamante silla de ruedas.

Guineo, así se llamaba el jíbaro que quedo reinando en esa plaza era una persona muy especial. Traté durante mucho tiempo de que me fiara alguna cosa y nunca fue posible. Sin embargo no desfallecí y el milagro se dio ocho días después de que me cambiara un cheque chimbo de cinco mil pesos, el cheque se lo había hurtado a un amigo y yo mismo lo había firmado. Al otro día muy preocupado, madrugué a decirle a Guineo:

- Guineo, no entregues mi cheque que yo te lo pago esta tarde.
- ¡Huy hermano! Ya lo entregué.
- Te lo van a devolver. Esta noche te doy la plata para que esa gente no se enoje.

Esa noche le dí la plata y me sinceré con él. Me la recibió y se quedó como aburrido.
Ocho días después, para mi sorpresa, se me arrimó Guineo y me dio cinco mil pesos diciéndome que el cheque lo habían pagado. A partir de ahí Guineo me fiaba ocasionalmente unos pocos pesos. Alguna vez llegué a deberle treinta mil, realmente el hombre me cogió confianza.

Manejar a la policía era otro de los artes que Guineo dominaba, ellos también obtenían una parte muy importante del negocio, nadie sabe cuantas patrullas llegaban a cobrar, pero eran numerosas. Algunas veces iban policías que no figuraban en la nómina y se sentaban en cualquier silla de la tienda hasta que después de un rato Guineo, indefectiblemente Guineo los frenteaba:

- ¿Qué quieren?
- Nada, ¿Por qué?
- No vengan a chimbiar aquí, digan de una vez, ¿qué quieren?

Guineo sacaba entonces un billete que los policías recibían en el 99% de las veces y se retiraban.

Claro que algunas patrullas que no estaban en el negocio hacían todo lo posible por coger in fraganti a un vendedor que como Guineo era conocido por todos ellos y dos veces lo lograron. Pasó entonces dos temporadas de vacaciones en Bellavista, la primera durante seis meses y la segunda dos.

Un noticiero de televisión logró obtener imágenes de la corrupción que reinaba e esa esquina, Guineo y la policía fueron estrellas rutilantes en horario triple A, algunas de las tomas fueron perfectas y a pesar de lo escandaloso del asunto sólo lograron dificultar durante una semana el normal funcionamiento del negocio y al final de ella todo se normalizó.

Era Guineo un hombre juicioso, en tres ocasiones lo vi prendido y en una borracho, en la que se emborrachó se daba con la cabeza contra las paredes maldiciéndose por hijueputa. Desde esa noche, y hasta el día de hoy, me he preguntando siempre si sería él quien mató al inválido, así me lo decían su actitud y su autoincriminadera. Las veces en que Guineo se prendió lo hizo con serenateros cantando “Nadie es eterno en el mundo”. Él, como todos los pelados que viven en ese mundo sabía que “no nació pa´semilla”.

Guineo, como todo trabajador que se respete, tenía sus reemplazos. Tampoco iba a trabajar 24 horas diarias durante toda la semana, sin embargo, sus reemplazos eran seres intrascendentes, les faltaba su barraquera y desaparecían del parche a la menos señal de alarma. Uno siempre sabía cuando estaba el jíbaro mayor. Eso se notaba y no me pregunte porque. No lo sé.

El dueño aparente de la plaza, uno nunca sabe, era un señor de buena apariencia que tenía montado un negocio de venta de vehículos como tapadera para sus verdaderas actividades. Además tenía una tienda donde trabajaban sus hijos, por esta tienda comenzó a entrarle la desgracia al señor. Primero, uno de los hijos se convirtió en adicto a la droga y en seis meses era una persona vuelta nada, igual que cualquier adicto con veinte años en sus espaldas. Después, el mayor de sus hijos se convirtió en secuestrador y para su mala suerte se equivocó con el secuestrado y lo encontraron en una manga atado a un poste con alambre de púas y con el miembro entre su boca. No se que pasó con el único hijo hombre que le quedó. Lo cierto es que lo del hijo mayor destrozó a ese señor pero siguió con su negocio.

Lo mismo le pasó finalmente a Guineo, se equivocó en una vuelta con un fulano que visitaba esa esquina por primera y única vez. Ocho meses después de esa equivocación, bailándose el día del amor y la amistad en una casa del barrio Castilla, fue acribillado sin compasión y su muerte marcó la de la plaza dónde brilló por tanto tiempo.

domingo, 2 de agosto de 2009

Herencias

Creo que a mi papá una de las cosas que más le preocupaba al final de su vida era lo que pasaría con nosotros después de su muerte, especialmente en el campo económico. Y en cualquiera de las cosas en que hubiera pensado se equivocó de principio a fin.
Se que tenía dos cosas que lo obsesionaban: Francisco y Luz Marina, la menor de la casa. De acuerdo a la información que mi padre tenía en ese momento, habían buenas razones para preocuparse, Francisco era la rebeldía en pasta, no había estudiado absolutamente nada, sus comportamientos eran de una tremenda agresividad, incluso en ese momento estaba prestando servicio militar, no solamente porque mis padres consideraron que esa experiencia podría ayudarle a disminuir su rebeldía, sino también porque eran incapaces de manejarlo. Toda su adolescencia y parte de su juventud la había pasado interno en sitios especiales para personas con graves problemas de comportamiento. La menor de mis hermanas tenía ocho años y esa era la razón de la preocupación de mi padre. Yo, al contrario de Francisco, era la imagen perfecta del modelo de persona que deseaba mi padre: sumiso, obediente, buen estudiante y absolutamente juicioso. El único problema es que esa era mi imagen, la realidad es que era un reprimido absoluto, incapaz de expresar mis convicciones, aceptaba todo lo que los demás me imponían, muerto de la rabia, me dejaba dominar sin oponer ninguna resistencia. Era, al final de cuentas, mucho más rebelde que Francisco además de ser extremadamente miedoso y resentido. Esas tres características marcaron mi vida y me impidieron ser, durante muchos años, lo que mi padre había previsto para mí.

Todo cálculo que hagamos sobre lo que pasará con un ser humano en el futuro estará equivocado y por eso es sano evitar las angustias que nos causa el hacer cuentas sobre lo que pasará con quienes, entre las personas que nos importan, nos sobrevivan.

Aunque no lo creamos nada podemos hacer por ellos, definitivamente la vida los irá llevando y ellos y tendrán que aprender a entender sus dictados, ella es una maestra que pese a todos nuestros esfuerzos nos enseña lo que quiere que aprendamos sin que se deje conmover por el costo. Esta bien que hagamos planes con respecto a nosotros y a los demás, ellos nos permitirán pasarlo entretenidos pero siempre se quedaran en eso: planes sujetos a factores que no manejamos y que por lo tanto se estrellaran contra la realidad, tan dolorosa o alegre como ella sea.

Mi padre nos dejó con que vivir cómodamente varios años, éramos nueve, contando a mi madre. Hubo tres que aprovecharon su herencia, los restantes la dilapidamos rápida y alegremente. Nueve años después de la muerte de mi padre no quedaba un peso de su fortuna. A dos de nosotros se nos hizo un regalo adicional, no quedó una profesión terminada antes de que se evaporaran los recursos familiares.

A pesar de todo, la vida fue amable con mi familia. Cierto que la mayoría pasamos por grandes dificultades, incluso económicas, pero a la larga nos estabilizamos, emocional y económicamente, no me refiero a grande capitales, simplemente a vivir disfrutando de lo suficiente y la mayoría disfrutamos de la vida y de lo que ella nos concede.

Yo no fui un padre para mis hijos, fui lo que se llama un padre ausente y no asumí mis responsabilidades para con ellos. No porque no quisiera sino porque no tuve los elementos para hacerlo. A mi, en lo personal, no me preocupa que pase con ellos cuando muera, se que sería inútil, la vida los tomará de su mano y será su responsabilidad seguirla o no. Ni mi padre ni nadie pudo hacer nada por mi, ni yo podría hacerlo por mis hijos. Si tienen suerte, a mi muerte le quedará con que vivir dos o tres meses y eso es más de lo que nadie se imaginó hace cuatro años. Si no la conociera, le pediría a la vida los trate con clemencia, pero es inútil, ella no se conmueve por los ruegos de nadie así lo que pasó conmigo, a veces me haga dudar de esta aseveración.

domingo, 19 de julio de 2009

Recuerdos de juventud

Recuerdos de juventud.

Mis primeros impulsos sexuales fueron resueltos con muchas dificultades con el conocido recurso de yo con yo, no sabía de relaciones entre seres humanos. Tendría doce o trece años. En bachillerato me causó muchos problemas porque había profesores, especialmente el de química, dedicados a aterrorizarnos con historias escalofriantes sobre lo que les pasaba a quienes acudían a la masturbación. ¡Que ignorancia la nuestra! Y supongo que él también lo era en estos temas.

Aunque me crié casi en pleno Lovaina, no recuerdo ninguna asociación con putas en mi adolescencia y juventud, lo ignoraba todo sobre ellas. La primera noticia la tuve en algunos recorridos que hizo el bus del colegio, cuando estaba en cuarto de bachillerato, por el barrio Guayaquil. Los mayores se dedicaban, muertos de la risa, a hacerle señas a cuanta vieja veían recostadas contra las paredes de las casas por donde pasábamos. La seña consistía, simplemente, en mostrar las dos manos, en una destacando dos dedos y en la otra uno. Supe, después de mucho preguntar sin encontrar respuesta, que esto significaba: dos pesos para la vieja y uno para pagar la pieza. La verdad no le paré muchas bolas a eso.

Ya en quinto y sexto de bachillerato recorríamos diariamente las calles de Lovaina y el Fundungo, las del Fundungo por la tarde y las de Lovaina por la noche. En las tardes nos metíamos a todos los solares dizque a gatear y juro que nunca vi algo diferente a los calzones y los brasieres de alguna puta descuidada y por las noches recorríamos las animadas calles de Lovaina viendo putas por todas partes sin que hiciéramos algo diferente a recrear la vista. Por increíble que parezca a la juventud de hoy en día casi termino mi bachillerato lleno de virginidad. Estaba en sexto cuando nuestro maestro, experto en esas lides de Guayaco, nos llevo maldadosamente a que nos desvirgaran. Las instrucciones eran muy simples: a la que le guste le pregunta: ¿Cuánto? Y no le de más de dos y cinco y eso sí, le dice que en pelota.

La experiencia fue inolvidable, dábamos y dábamos vueltas sin encontrar una que me gustara, cuando por fin la encontré le dije:

- ¿Cuánto?
- Cinco pa´mi y dos de pieza.
- ¿En pelota?
- ¿En pelota? Oigan a este guevón, no me le empeloto a mi mozo, pa empelotámele a este culicagado.

Repetí la experiencia hasta que me rendí, y entre dispuesto a que no se empelotara.
Entramos a una pieza con un olor a creso impresionante, había también un taburete viejo sobre el cual reposaba una ponchera con agua humeante y unos pedazos de papel higiénico dispuestos sobre el mismo taburete. No sabía que hacer, la vieja simplemente se acostó recogiéndose la falda y quitándose los calzones. Yo por supuesto me empeloté y me dediqué a hacer lo que supuse había que hacer. A los dos minutos la vieja empezó a acosar:
- ¿Qué hubo pues? ¿Se va a quedar toda la noche o qué? Como pude, dos o tres minutos después terminé y la vieja casi me saca de la pieza.


Que decepción tan berraca. ¿Eso era pichar? ¡Que jartera! A pesar de todo le dije a mis amigos que que maravilla, eso sí es lo mejor que hay. Después de tanta alabanza tuve que empeñar mi reloj para prestarle los siete pesos a un amigo que quería también tener la experiencia. Juro que se los presté de pura maldad.

Después de esta primera experiencia, tan desastrosa, no me explico todavía como me aficioné de tal manera a estar con las putas. Se convirtieron durante mucho tiempo en lo mejor que la vida ofrecía para mí.

Mi amigo, el experto, se convirtió, con el paso del tiempo, en un voyerista profesional, andaba taladro en mano perforando ventanas en el vecindario donde vivíamos. Le vendí mi trabajo de física en sexto de bachillerato, era un periscopio y el hombre no se la creía cuando le conté sobre mi aparato. Se recorría los entejados de la manzana en la cual vivía tratando de ver las mujeres en posición viciada. Además de voyerista también se aficionó a las mujeres casadas lo cual le costó la vida hace unos siete años.

domingo, 12 de julio de 2009

Mariu

Tenía nombre de tango: Se hacía llamar Mariu En mi vida conocí dos mujeres muy extrañas y ésta era una de ellas. Una mujer muy atractiva, como casi todas las que se relacionaban conmigo, era una prostituta aunque la verdad es que nunca supe de nadie que lograra acostarse con ella. Pretendí hacerlo y se metió complacida conmigo a la pieza, estábamos en el pasatiempo favorito de los dos: fumábamos basuca. Era un águila, cada que pretendía llegar a su cuerpo, se hacía la sicosiada y yo fracasaba en mi intento. Cuando se me acabo la droga, se retiró olímpicamente de la pieza, invicta por supuesto. Jamás volví a intentarlo. Teníamos, además de la droga, algunas cosas en común. Éramos idealistas a morir, a pesar de los sórdidos ambientes en que transcurrían nuestras vidas, ambos seguíamos creyendo en el ser humano, en su bondad y en un algo que por más que buscábamos no podíamos encontrar. Coqueteaba conmigo en ocasiones y apenas captaba mi lujuria se retiraba ofendida. No se si creía que yo no tenía cuerpo. Le molestaba sobremanera que la mirara con ganas y siempre que estaba un rato con ella me pasaba lo mismo, el deseo se me salía por todas partes y ella lo captaba inmediatamente y se retiraba de manera precipitada.

Su rareza consistía en la manera en que trataba a los hombres, no era lesbiana y le huía a los hombres, parecíamos asustarla.

La veía todos los días y en cierta ocasión se perdió. La extrañe bastante y días después se supo que había accedido a que sus hermanos la internaran en un centro de rehabilitación.

- Hablar de sus hermanos es cosa seria, eran cuatro, sicarios de profesión. Los conocí un día en que Mariu tuvo un tropel con el hijo de la dueña de la casa. Ella muy berraca los llamó y se arrepintió inmediatamente. Ya era tarde, no pudo volver a comunicarse con ellos para decirles que todo había sido un malentendido. Había salido inmediatamente para la casa donde estábamos. La señora de la casa re rogaba al hijo que se fuera y no quiso. Al fin cuando llegaron los hermanos, Mariu logró convencerlos de que no había pasado nada y ellos se fueron con muchas dificultades. Se les veía por encimita las ganas de cascarle al hijo de la señora pero no lo hicieron por respeto con la hermana: la idolatraban. –

Un día, estábamos los mismos de siempre haciendo lo mismo de siempre cuando llegó Mariu. Venía en una elegancia que ni pa´que. Estaba estrenando de todo y traía un maletín muy elegante lleno de ropa nueva, se voló del centro de rehabilitación. Me alegré mucho de verla y después de un buen rato, agotó los recursos que tenía: algunos pesos, maletín, alhajas y ropa, salió desesperada a tratar de conseguir algo más. Regresó ya de noche, venía completamente en pelota y entro llorando a la casa.

- ¡Hijueputas!, decía. Ah malparidos, pero vamos a ver.

La vistieron de cualquier manera, con ropa prestada y salió como alma que lleva el diablo. Volvió 15 minutos después con un rostro radiante y no volvió a salir de la casa hasta las dos de la mañana, se retiró sin llamar la atención y ya jamás la volví a ver.
Serían las tres de la mañana cuando escuchamos aterrados una tremenda balacera, duró cosa de 5 minutos. Todo quedó en silencio y nadie supo que había pasado, estábamos en pleno apagón de Gaviria y ninguno se atrevió a salir. Al rato llegó un visitante, contó que habían llegado tres carros, de ellos se bajaron una diez personas, todas enchaquetadas y sin decir nada tumbaron a bala la puerta de casa donde vivían los atracadores de Mariu, allí se metieron y masacraron sin misericordia a todos los que se encontraban en esa casa: siete hombres, tres mujeres y dos ancianos.

Nadie sabe quien fue pero todos metieron a los hermanos de Mariu, con excepción del hijo de la señora, el siempre sostuvo que ellos eran puro bluff. Yo que vi la dificultad que les dio aguantarse el día en que vinieron por él, pensé: pobre jiquerón, no supo del agua que lo pudo mojar. Los seres humanos morimos siendo idiotas. ¡Que pesar!